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martes, 14 de agosto de 2012

Ley de vida

En el instituto había dos clases de tíos: los frikis que leían a Tolkien y los fuckers que se dedicaban a las tías. Y luego estaba yo, que leía libros de ajedrez. Uno de ellos, quizás el que más me marcó, fue uno llamado "ajedrez de torneo" de David Bronstein. Con un estilo muy directo y fácil, el autor desentrañaba los misterios de las partidas jugadas en el torneo de candidatos de Zurich 1953. Las misteriosas jugadas de Smyslov, Keres, Averbakh, Kotov, Najdorf, Gueller, Euwe, Reshevsky y del propio Bronstein parecen sencillas y lógicas una vez el autor nos explica la idea de las mismas, el plan que están siguiendo.

Y es que el torneo fue impresionante, tanto por la calidad del juego como por el espíritu de lucha que mostraron todos los participantes. Me pareció admirable la determinación de los últimos clasificados y los tremendos esfuerzos que tuvieron que realizar los "buenos" para ganarlos, cosa que no siempre conseguían. Uno de los últimos clasificados fue el ex campeón del mundo Max Euwe, el tipo que le arrebató la corona a Alekhine. Que él fuera el penúltimo de quince participantes da una buena medida del nivel de ese torneo.

De hecho, la victoria de Euwe sobre Gueller es de las más conocidas del torneo. Pero la que más me gustó de todas al reproducirlas fue de un jugador yugoslavo al que hasta entonces apenas había prestado atención, embrujado por la tremenda mezcla de magia y efectividad de los soviéticos. En su partida contra Kotov, con negras, consiguió dominar todo el tablero tras sacrificar dos peones. La partida terminó en tablas tras unos impresionantes malabarismos defensivos del ruso, pero la citada determinación de un jugador que se sabía peor que Kotov y que aún así salió a ganarle me resultó admirable. A partir de entonces empecé a prestar atención a este jugador, y a anotar en mi libreta -sí, porque tenía una libreta donde anotaba las partidas que me molaban. Problem?- cualquier partida suya que cayera en mis manos.

Este jugador se llamaba Svetozar Gligoric y falleció ayer en Belgrado a los 89 años. Con victorias sobre Botwinnik, Smyslov, Fischer, Tal y sobre todo por ser la bestia negra de Tigran Petrosian la palabra leyenda se le queda corta.

domingo, 1 de julio de 2012

20 años

La enfermera se encontró atónita al ver la cama vacía. No encontraba al paciente por ningún lado. Llamó a otra enfermera, y a otra, y a otra, para encontrarlo. Pero no aparecía. Así que informaron, que remedio, a su médico. Éste simplemente levantó el teléfono y envió una ambulancia a donde sabía con toda seguridad que estaba su paciente.

La ambulancia llegó al lugar donde el médico sabía con toda seguridad que estaba su paciente. Los enfermeros bajaron del vehículo y entraron en una sala llena de columnas. Se encontraron con una multitud ovacionando a un viejo que acababa de derrotar a Garry Kasparov, que se alejaba lentamente cabizbajo totalmente ignorado por los espectadores, en el torneo de ajedrez rápido de Moscú. Ninguno de los que aplaúdian, contemplaban al viejo admirado y le pedían autógrafos en el Club Central de Ajedrez de Moscú podían imaginar que Mikhail Tal, que así se llamaba el viejo, acaba de jugar su última partida de ajedrez y que en menos de un mes fallecería.

Mikhail Tal nació con un defecto físico. En su mano derecha tenía tres dedos en lugar de cinco, que utilizaba sobre todo para sostener su perenne cigarrillo. Cuando no fumaba esa mano era ocultada en un bolsillo o debajo de la mesa. Pese a tener dos dedos menos tocaba el piano con soltura y aprovechó esta habilidad para acercarse a la pianista Bella Davidovich y, según las malas lenguas, adornar la frente de su esposa con una cornamenta más.

Simpático, muy amigo de sus amigos, bromista, golfo, algo arrogante, mujeriego, fumador, bebedor, jugador -no sólo de ajedrez-, vividor, amante de la vida, de todo lo que le hacía daño. De salud muy endeble -de muy joven tuvieron que extirparle un riñón- y problemática, que con el tiempo le volvió adicto a la morfina. Dependiente. Ni siquiera se afeitaba él mismo. Nunco tuvo reloj -"¿un artefacto en mi muñeca haciendo tic tic como una bomba?"-, ni coche, ni siquiera una billetera. A lo largo de su vida perdió numerosos vuelos, pasaportes, documentos de todo tipo. Esas cuestiones no le importaban un pimiento. Para él lo primero era divertirse. Y beber vodka. Mucho vodka. Como dijo una vez Viktor Korchnoi, Mikhail Tal ahogó en vodka su talento.

 ¿Y cual era su talento?

Su talento era crear posiciones, citando a él mismo, donde dos y dos suman cinco. Era único creando complicaciones, entramados tácticos incontrolables. Posiciones locas donde dos caballos valen más que una dama. Eso que ahora se llama dinamismo. Entonces se llamaba, simplemente, Mikhail Tal.

"Para algunos, la brillantez ajedrecística es el triunfo de la lógica. Una partida excelente, en su opinión, es una maravillosa construcción clásica de proporciones impecables, en la que cada elemento, cada ladrillo, permanece en su sitio. Aunque, a menudo, también yo me he visto obligado a ganar partidas puramente posicionales, me siento más atraído por el triunfo de lo ilógico, lo irracional y lo absurdo: una lucha feroz tiene lugar en el tablero, sometida a alguna idea, una lucha por ejecutar los planes respectivos, pero el desenlace se produce por un pequeño peón, que no tiene nada que ver con el motivo principal del drama. Por expresarlo en lenguaje matemático, en ajedrez prefiero el lado de un triángulo rectángulo que resulta ser más largo que la hipotenusa." 
 
 Su ascenso fue tan meteórico que las reglas federativas tuvieron que adaptarse a él. Nadie se lo creía cuando ganó el campeonato de la URSS en 1956, con sólo 20 años. No había jugado todavía torneos internacionales, pero el nivel del campeonato de la URSS estaba a años luz de distancia de cualquier otro, así que deprisa y corriendo hubo que organizar una sesión extraordinaria para darle el título de Gran Maestro. No todos estaban de acuerdo. Todas sus víctimas tenían la partida ganada, pero la perdieron por "mala suerte". Todos mostraron, en los análisis posteriores, como ganaban las partidas. Pero ni uno sólo encontró las jugadas sobre el tablero.

Cuando al año siguiente volvió a ganar. Y volvería a ganar cuatro veces más, hasta seis. Y ganó el torneo de candidatos en 1959, lo que le daba derecho a jugar por el campeonato del mundo contra Mikhail Botwinnik. Este, un apóstol de la lógica, acaba perdiendo los nervios ante el irracional, en apariencia, juego de Tal. Y también pierde el título. Mikhail Tal es Campeón del Mundo.

Su preparador, el gran Alexander Koblenz, le advirtió que Botwinnik cambiaría su forma de jugar para adaptarse a la suya, y que en consecuencia debía prepararse para ello. Jamás, respondió Tal. En el match de revancha Botwinnik no da opción y recupera su corona. Fue el campeón del mundo más joven -hasta Kasparov- y el que menos tiempo retuvo la corona. Pero eso no le importaba tampoco. No era por eso por lo que jugaba.

Porque Mikhail Tal jugaba al ajedrez, simplemente, por el ajedrez. Era un fanático, pero no del tipo de Alekhine, estudioso, teórico, analista. Era un jugador compulsivo de ajedrez y sólo le interesaba jugar. Lo mismo le daba jugar un campeonato del mundo que contra unos aficionados en un parque. Y aunque no volvió a disputar un campeonato del mundo, siguió estando entre los mejores hasta su muerte.

Tigran Petrosian, el campeón del mundo que tomó el relevo a Botwinnik y con el que Tal mantuvo duras batallas no ocultaba su admiración.  

"Un genio del ajedrez es alguien adelantado a su tiempo, pero esto sólo puede verse luego, mirando atrás. Desde este punto de vista, pocos pueden ser calificados de genios. Morphy, Steinitz... También Tal. El gran maestro de Riga introdujo en el ajedrez algo que no fue plenamente entendido por sus contemporáneos. Lamentablemente, hemos tenido demasiado pronto la oportunidad de mirar atrás con admiración, de contemplar el extraordinario juego de Tal en su plenitud."

Mikhail Nejemievich Tal murió hace ahora 20 años en ese mismo hospital de Moscú del que se escapaba para jugar al ajedrez.


La última partida de Tal
El hipnotizador...
Cuando no podía escaparse para jugar, el ajedrez venía a jugar con él. En este caso, Curaçao 1962, traído por el mismísimo Bobby Fischer (por cierto, 4-2 para Tal)
 


lunes, 11 de junio de 2012

Ruslan

Ya está. Vasily Ivanchuk acaba de derrotar al mejor, a su bestia negra, al mejor, a Vishwanathan Anand. Es ya campeón del mundo. Bueno, falta un tecnicismo. Lo ha derrotado en semifinales. Falta la final. No hay problema. El otro finalista es un chaval de 18 años llamado Ruslan Ponomariov, ucraniano como él, y con cara de vampiro.

Y empizan a jugar, cosa hecha. Kasparov pronostica un 6-0 para Ivanchuk, dice que Ruslan ha llegado a la final de chiripa y que no pertenece a la élite. Pero, de repente, la cosa no va bien para Vasily. Pese a contar con el favor de Dios Kasparov, pierde la primera partida. Y también los nervios cuando ve a Veselin Topalov, en ese momento número seis del mundo, como entrenador de Ruslan. Bien es cierto que no era un secreto y que se anunció tiempo atrás con rueda de prensa y todo, pero Vasily no lo creyó. Pensó que era una treta psicológica y no lo creyó. De repente, le quedó claro que el chaval no se iba a asustar. Va a por él. Se había preparado para ganarle. Uno de sus mayores rivales, el búlgaro Topalov, le había enseñado a ganarle, le había enseñado sus puntos débiles en sus aperturas, y vaya si Ruslan iba a sacar partido de esas incontables horas de entrenamiento. Tras tres tablas, Ruslan gana la quinta y tras entablar la sexta se proclama campeón del mundo.

Jamás la proclamación de un nuevo campeón del mundo de ajedrez había cabreado a tanta gente. Kasparov lo despreció: "No lo he visto nunca. Podría sentarse a mi lado y no lo reconocería". Rompió todas las negociaciones con la FIDE para la reunificación del título hasta que le dieran alguien "más comercial". Explicó su triunfo diciendo que " simplemente se dedicó a recoger los puntos después de grandes errores", errores cometidos debidos a "el nuevo control de tiempo". Sin embargo, con "el nuevo control de tiempo", Ponomariov no cometió tales errores. Aunque este punto Kasparov prefirió no mencionarlo.

No se puede decir que el subcampeón del mundo se lo tomara con especial deportividad. Insulta a Ponomariov llamándole "ridículo" y remarcando de nuevo "que no pertenece a la élite". Culpa de su derrota, otra vez, al control de tiempo. Sin embargo, fue el mismo con el que derrotó a Anand y a todos los demás hasta llegar a la final. Pero curiosamente sólo en la final fue un obstáculo.

Ruslan Ponomariov no sólo tiene el récord de campeón del mundo más joven de la historia, también tiene el de campeón del mundo más menospreciado de la historia. Hay una anécdota que lo expresa muy bien. En plena olimpiada de Bled, en Eslovenia, Pono se olvida la acreditación en el hotel y no le dejan entrar en la sala de juego. El segurata, muy educado eso sí, es inflexible y se niega a dejar pasar al chaval. Hasta que alguien de la organización se le acerca y le dice. "Déjale pasar. Es el campeón del mundo".


domingo, 1 de abril de 2012

Hijos de la destrucción (IV)

Siempre se veían escenas dantescas en las colas, pero aquello había sido demasiado. Vladimir abandonó su turno y se fue detrás del muchacho al que acababan de echar a patadas. Él se crió en la calle y sabía lo duro que era, y no podía evitar sentir empatía por esos niños. Tampoco era la primera vez que trataba de rescatar a un callejero, pero ese proyecto siempre encontraba la oposición de su esposa.

-Vladimir Grigorievich, estás loco. Vivimos en un piso de una habitación sin cuarto de baño con nuestra hija y mi madre, y con tus raciones comemos los cuatro ¿y todavía quieres meter a una boca más aquí?

Viktor salió corriendo con sus escasas fuerzas cuando vio acercarse a Vladimir. Había aprendido a desconfiar de los adultos. Vladimir no le siguió, sin embargo. No sólo no tenía la forma física para perseguir con éxito a un crío que hacía de correr la diferencia entre la vida y la muerte, sino que además la persecución le podía llevar a un lugar peligroso. Así que volvió a la cola.

Acostumbrado a perseguidores más tenaces, Viktor volvió para curiosear. Observó al hombre que se le había acercado. Vestía mucho mejor que los demás y sus ropas estaban limpias. No se le veía mal alimentado. Definitivamente no parecía un saqueador. Ahora estaba discutiendo a gritos con un policía que finalmente le hizo callar con un puñetazo. Ese hombre tampoco era un policía, ellos nunca se pegaban entre sí.

Viktor se preguntó si ese hombre sería un familiar suyo que le había reconocido, o un amigo de la familia. Llegó a considerar la posibilidad de que conociera a su madre, y eso le aceleró el pulso.  Tal vez supiera lo que pasó.

Sólo tenía una forma de descubrirlo.

Hijos de la destrucción (III)

Viktor no recordaba gran cosa de antes de la guerra. O quizás prefería no recordar cómo era su vida antes de la guerra. Había sido una vida normal, feliz, protegido en un hogar seguro donde no faltaba de nada. Sí recordaba, en cambio, el principio de la guerra. Recordaba aquella granada que entró en el salón del piso matando a su padre, su abuela y a su tío abuelo. Recordaba como tuvo que arrastrar los cadáveres hasta el cementerio. Recordaba la desaparición de su madre, que no sabía si estaba viva o muerta.

Y sobre todo recordaba aquel invierno, solo y muerto de miedo, que pasó en aquel edificio abandonado cerca del maloliente y siniestro canal de Vitebsk, donde la policía solía arrojar los cadáveres de sus víctimas durante las purgas. Pero lo pasó. Tuvo la precaución de guardar las cartillas de racionamiento de sus familiares fallecidos y la suerte que, en medio del caos, ningún burócrata diera su muerte por oficial.

Desgraciadamente ya lo habían hecho, y ya no recibía raciones tan fácilmente. Tenía que robar cartillas de otros cadáveres, hacerse pasar por familiar del finado y rogar y llorar para que le dieran comida. Cada vez estaba más complicado porque Viktor estaba en una edad en la que no servía para nada al estado. Demasiado mayor para ser evacuado y demasiado pequeño para ser soldado, el estado no tenía ningún interés en ayudarle a subsistir, ya que él no podía aportar nada.

Viktor sabía perfectamente que no iba a sobrevivir a otro invierno. Y tras recibir la negativa del funcionario a darle comida, se preguntó si sobreviviría otro día.


martes, 27 de marzo de 2012

Hijos de la destrucción(II)

Vladimir observaba curioso la actividad de sus colegas. Model había conseguido cierta ventaja pero Batuyev destacaba por su exacta defensa y no sería fácil de derrotar. Finalmente la partida acabó en tablas, y los tres maestros se pusieron a analizar que camino había que seguir para alcanzar la victoria. El estruendo de una tremenda explosión también quiso participar en el debate e hizo que los tres ajedrecistas se lanzaran al suelo. Le siguió otra explosión, y otra. Cuando finalizó el bombardeo, se levantaron, se felicitaron por seguir enteros, colocaron las piezas en el tablero tal como estaban antes de la interrupción y prosiguieron sus análisis como si nada hubiera pasado. Tras doce horas los tres llegaron a la conclusión que no se podía ganar.

El cerco no había interrumpido la actividad ajedrecista en Leningrado. Bien es cierto que no se celebraba el campeonato de la ciudad pero seguían las competiciones en los clubes y las clases de ajedrez. Precisamente era ese el campo en el que destacaba Vladimir. Sin dormir, tras la partida, se dirigió al aula para dar una clase. Tres muchachos le esperaban. Lo que antes de la guerra eran docenas con lista de espera, ahora sólo eran tres.

Vladimir no recordaba con especial nostalgia el periodo anterior a la guerra. Stalin había situado a Leningrado en el centro de los complots imaginarios de sus enemigos imaginarios, y contra Leningrado ejecutó su sangrienta venganza. Fue de tal magnitud que sólo en 1937 los cargos importantes e intermedios del partido se ocuparon y desocuparon cinco veces. El maremoto de sospechas, denuncias, detenciones, torturas, confesiones y muerte se había llevado por delante a demasiados amigos suyos, incluso él mismo estuvo a punto de ser condenado a muerte. Nunca supo el motivo.

Sí que sabía lo que le salvó: su condición de jugador de ajedrez y su habilidad para enseñar. Stalin estaba ávido de campeones, y no iba a matar a un profesor que se los podía proporcionar. El ajedrez era también lo que le permitía comer diariamente. Era un privilegio. Él no tenía que luchar en las calles para conseguir comida. Le bastaba con rezar -aunque eso era subversivo- para que ningún proyectil le volara la cabeza.

Cuando terminó la clase, Vladimir comprobó que llevaba su cartilla de racionamiento y se dirigió al comedor de su distrito.

Hijos de la destrucción (I)

Sabía que si se paraba estaba muerto. Tenía que llegar hasta la fuente, a pesar del cansancio, a pesar del hambre, a pesar del sueño. Detrás de él, cuatro hambrientos muchachos corrían, desesperados, hacía la única fuente de comida fresca que habían visto en muchos días. La carne de los niños, tierna, era la más apreciada. Los doce años de Viktor le hacían especialmente apetecible.

Lo consiguió. Llegó hasta la inmensa fuente, sin agua pero llena de cadáveres putrefactos, y se sumergió entre ellos como si fuera una piscina. Sus perseguidores se rindieron y se marcharon, desanimados. Demasiado trabajo remover entre los muertos, en medio de un terrible olor a carne putrefacta y a mierda. Mejor dedicar las escasas fuerzas a presas más seguras.

Viktor vivía allí, entre los muertos. Era un lugar seguro: nadie buscaría a un vivo en ese lugar. Ni los saqueadores, ni los alemanes. Mientras asomaba lentamente su cabeza para vigilar los movimientos de sus perseguidores, que con paso cansado se alejaban de la fuente, un tremendo estruendo hizo que instintivamente volviera a sumergirse. Le siguió otro, y otro, y otro. Cuando volvió a levantar la cabeza, comprobó que ya no tenía que preocuparse por sus perseguidores: habían sido despedazados por uno de los obuses.

Eso significaba una gran ocasión para Viktor. Muy despacio, sin levantarse, se arrastró hacia los restos de los que iban a ser sus verdugos. Se acercó al único  tronco, o resto de tronco, sin extremidades ni cabeza que alcanzó a ver. Metió la mano en sus bolsillos y lo único que encontró una cartilla de racionamiento caducada. Bueno, se dijo, puede ser útil. Quizás si pongo cara de pena al entregarla me den algo de comida; habrá que probarlo.

Por el mismo procedimiento volvió a la fuente. El día finalizaba, aunque sólo podía saberlo por su cansancio. No tenía nada que cenar, así que se fue a dormir directamente. Se puso la gorra de uno de sus perseguidores, manchada de sangre, en el rostro para encontrar algo de oscuridad en esas interminables noches de luz y se durmió. Al día siguiente le esperaba otra carrera contra la muerte, el hambre, el miedo, el fuego. Y al siguiente. Y también al siguiente.



miércoles, 14 de marzo de 2012

Ajedrez y mujeres

Es un hecho que el ajedrez femenino está viviendo una edad de oro. Jamás hubo tantas jugadoras y de tanto nivel, y eso se debe en gran parte a las hermanas Polgar, que marcaron un antes y un después.

¿Como era el antes?

Se puede decir en una palabra: Georgia. Cuenta Ana Matnadze que cuando una georgiana se casa un regalo de bodas ineludible es un juego de ajedrez. Georgia representa una anomalía en el mundo del ajedrez, ya que allí es un deporte casi estrictamente femenino con una tradición muy larga. No es de extrañar que desde que se instauró el campeonato del mundo femenino las campeonas fueran georgianas tras un breve dominio inicial de la ucraniana Ludmila Rudenko. Nona Gaprindashvili, Nana Alaxandria o Maia Chiburdanidze eran referentes obligados (la última lo sigue siendo) cuando se hablaba de ajedrez entre mujeres. Y destaco lo de entre mujeres, ya que no jugaban, en general, contra hombres. Esta falta de competitividad contribuyó a que su nivel se atascara.

¿Como es el después?

El después se puede resumir en que niñas de todo el mundo quieren ser como Judit Polgar. Desgraciadamente en España esto no ha calado especialmente, pero en los países que formaban parte del bloque soviético sí. También las jugadoras chinas han puesto su granito de arena. Hace como tres décadas los chinos empezaron a jugar al ajedrez en serio, imitando los métodos de entrenamiento soviéticos y teniendo como objetivo formar a un campeón del mundo. No tardaron en comprender que iba a ser muy complicado crear la copia china de Anatoly Karpov, así que, metódicos ellos, decidieron empezar formando a jugadoras que compitieran con las georgianas, mucho más asequibles. Tomaron nota del método Polgar y crearon una escuela especial para enseñar a las niñas a jugar al ajedrez. Funcionó. Ganaron a las georgianas, pero no se conformaron con eso y poco a poco fueron subiendo de nivel, hasta el punto de que una de sus alumnas, Hou Yifan, batió el récord de Judit y se convirtió en Gran Maestra a los 14 años.

Este auge debería ser una buena noticia. Contra todo pronóstico para los carcas de Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) no lo es y representa, según ellos, un problema de imagen. Una federación controlada por un descendiente de Gengis Kan que aspira a que el ajedrez sea lo más gris posible no podía permitir la presencia en competición de mujeres jóvenes, y muy jóvenes, arregladísimas y guapísimas, y ha dicho basta. Ha publicado una normativa de vestir donde se regula la longitud de las faldas y escotes, los botones que debe tener una blusa y prohíbe terminantemente los sombreros. Estas reglas se han aplicado por primera vez en el europeo femenino que acaba de finalizar.

¿Y que opinan las jugadoras?

Una de las afectadas es Sopiko Guramashvili, una de las mejores jugadoras georgianas. Su afición a la moda, a los sombreros y a pasarse horas delante del espejo choca directamente con estas normas. Tras declarar que le parece muy mal todo el asunto dice que en el fondo da igual porque en la mayoría de torneos no se aplicarán y que quedarán en nada. Y deja un recadito: "estos códigos son más apropiados para hombres, que en general se visten de manera horrorosa".

Sopiko Guramashvili.

En el trabajo...


Otra afectada, y también fanática de los sombreros, es la maestra internacional alemana Elizabeth Pahtz que se tomó la molestia de leerse la normativa de vestimenta y la calificó de disparate. No sólo prohíbe los modelitos, también ropa tipo chándal y zapatillas deportivas. Según las normas, dice Elizabeth, todas las participantes del torneo sub-12 deberían haber sido descalificadas ya que todas llevaban zapatillas deportivas.

Elizabeth Pahtz

Otras jugadoras, como la rusa Nastasia Ziaziulkina y la serbia Ljilja Drljevic directamente llaman al motín e instan a las jugadoras a llevar la faldas más cortas posibles. Desde Sacrificio de Dama apoyamos completamente esta medida.

Nastasia Ziaziulkina
Ljilja Drljevic (glups)




lunes, 12 de marzo de 2012

Las hermanas Polgar (y III): Judit

Si nos remontamos a finales de los 50 veremos a un muchachito llamado Bobby Fischer quedando sexto en el interzonal de Portoroz, clasificándose así  para el torneo de candidatos a campeón del mundo y en consecuencia ganando el título de Gran Maestro con 15 años, 6 meses y 1 día de edad. Esta marca fue vista como una extravagancia, una muestra de la genialidad de Fischer que permanecería por los siglos de los siglos. Nadie podía batirla. Nadie. Ni el gran Karpov, que consiguió el título a los 19 años, ni el mísmisimo Garry Kimovich Kasparov, a los 18, pudieron siquiera acercarse.

Tuvieron que pasar nada menos que más de tres décadas para que la menor de las Polgar lo consiguiera a los 15 años y 4 meses. Antes batió otro récord, la maestra internacional más joven de la historia al conseguir el título a los doce años. Fischer y Kasparov, los poseedores del anterior récord, lo consiguieron a los catorce. Fue por aquel entonces cuando el ex-campeón del mundo Mikhail Tal advirtió que la niña iba a ser una seria aspirante al título mundial.

Cuenta su hermana Susan que, pese a lo dicho, era la menos talentosa de las tres hermanas. De hecho, nombra a Sofia como a la mejor jugadora de la familia, pero también la más perezosa. En cambio Judit era la más dispuesta a trabajar duro y la única de las tres que se puso como objetivo el campeonato del mundo. También cuenta algo clave para entender a Judit. Ella no era especialmente activa en los juegos, prefiriendo hacerse a un lado y observar. Observaba como lo niños se tiraban por los toboganes y se columpiaban, esperando pacientemente su turno mientras los otros niños se peleaban por él. Y mientras peleaban, ella se colaba y se tiraba por el tobogán. Paciencia y oportunidad para conseguir el objetivo.

Observaba silenciosamente a sus hermanas jugar al ajedrez. Escuchaba  las lecciones de sus entrenadores. Todavía no había cumplido los tres años. Siempre en silencio. Un día, Susan y su entrenador se atascaron resolviendo un problema. De repente, la pequeñísima Judit cogió un alfil...y dió con la solución. A partir de entonces empezaron las clases de ajedrez para ella.

Siguió el mismo camino que sus hermanas, aunque pronto quedó claro que las competiciones infantiles no eran su sitio. Decir que arrasaba es decir poco. A los diez ya estaba ganando a maestros. Su actitud silenciosa, tranquila y modesta contrastaba con su estilo de juego: agresivo, buscando siempre las posibilidades de ataque al rey, dando material a cambio de iniciativa, táctico y combinativo. Recordaba mucho al estilo de juventud de Paul Keres y Mikhail Tal, siempre al ataque sin reparar en gastos. Pero había más. Había instinto asesino. Voluntad de vencer, de ganar siempre. Como Fischer.

Judit se ganó el respeto de los grandes maestros a base de llevarse sus cabelleras. Edmar Mednis fue uno de los pocos que mantuvo su pelo intacto. Jugador de ataque nato, reconoce que tuvo que cambiar su estilo de juego para enfrentarse a la niña. "Jugué con mucho cuidado (...) ningún gran maestro quiere perder contra una niña de diez años porque significa ocupar las portadas de todos los periódicos".


A los quince años ganó el campeonato nacional húngaro y se proclamó gran maestra. Ganar el nacional húngaro no es poca cosa. Hungría era entonces -y lo sigue siendo ahora- uno de los campeonatos nacionales más fuertes de Europa, sólo por detrás del ruso y ucraniano. Ser el mejor de Hungría significa ser uno de los mejores del mundo. La entrada en la élite mundial. Con quince años.

Judit no tuvo los problemas de su hermana Susan en los torneos masculinos y en general fue bien recibida. Su carácter, tímido y modesto pero amable y abierto, ayudó mucho a eso. Aunque hubo una excepción: Garry Kimovich Kasparov.

Judit tenía 17 años y fue invitada al supertorneo de Linares. Fíjense como era aquel torneo que Alexander Beliavsky, cuatro veces campeón de la URSS -por comparar, Kasparov sólo pudo ganar el campeonato de la URSS dos veces- quedó en última posición. En la quinta ronda Judit jugó contra Kasparov que ciertamente le dió una lección de estrategia. Kasparov fue raudo a mover su caballo para rematar la faena, cogió el trebejo...y se dio cuenta que si lo movia de su actual casilla perdería la partida. Asi que lo soltó y no lo movió.

En ajedrez hay una regla que dice "pieza tocada, pieza jugada". Kasparov obligatoriamente tenia que mover su caballo, y asi se lo dijo Judit. Y empezo el lío. Kasparov negó haber tocado la pieza. Judit llamó al arbitro. El arbitro no le hizo ni caso. Judit pidio al arbitro que viera las grabaciones. Se negó. Usted juegue. En la sala de prensa se vieron las grabaciones. Kasparov pillado. Llamaron al árbitro para que las viera. El árbitro las vio. Las desestimo. Pese a que se veia a Kasparov tocar la pieza, el arbitro no admitió la grabacion como prueba. Kasparov se partía de risa. Judit rompió a llorar. Bienvenida al Kasparato, niña.

En el año 2002 Judit tuvo su venganza en el match Rusia-Resto del Mundo. Fue una partida muy tensa no sólo por el precedente anterior, también porque Kasparov llevaba bastante tiempo insultándola en la prensa de forma gratuita, diciendo cosas tan bonitas como que Judit era una "atracción de feria" y un "cachorro amaestrado", que "para ganarle no hace falta ninguna preparación", que "debe dejar el ajedrez para casarse y tener hijos", que se le pasa el arroz le faltó añadir.  Anque le reconocía cierto talento no creía que pudiera competir. "Tiene un talento fantástico, pero al fin y al cabo es una mujer y tiene todos los defectos de la mente femenina. Ninguna mujer puede sostener una lucha prolongada"

Tengo que decir que, en mi opinión, toda esas declaraciones de Kasparov  no se deben al machismo, ni a su natural bordería, no. Se deben al miedo a perder, al terror que le causaba ser derrotado por la niña. Kasparov si entendía de algo era de ajedrez y la calidad del juego de Judit estaba ahí, y eso Kasparov lo sabía perfectamente. Judit había ganado a todos los de la élite ¿Por qué no podía ganarle a él? Así que inició un ataque psicológico para desestabilizarla, para desconcentrarla, para que no fuera objetiva, para que pensara en las declaraciones y no en el juego. Todo un clásico del ajedrez de élite.

Y llegó la partida. Judit juega peón de rey, y Kasparov sorprende con una española berlinesa en lugar de su habitual siciliana. Es evidente que quería evitar la lucha táctica y aguda en la que Judit era experta -Anand bien puede decirlo- y trató de desbordarla con una batalla lenta y posicional ¿Lo ven? Kasparov  tenía miedo ¿Recuredan lo que dijo Mednis? Kasparov cambió su habitual estilo ofensivo por el catenaccio. Miedo, mucho miedo.



Con un par de ovarios bien puestos, Judit aceptó el reto y se metió en la boca del lobo, precisamente en una línea que había jugado el propio Kasparov y conocía a la perfección, cosa que debió de hacer muy feliz al ogro de Bakú. Pero no, Garry, no. Judit encontró sobre el tablero una mejora para el blanco que fijaba al rey negro en el centro, presionó centralizando sus torres y dio un baño a Kasparov en el terreno que él había elegido.  Kasparov, con dos peones menos y un final perdido, se rinde. Y siguiendo su costumbre de buen perdedor abandona la sala como alma que lleva el diablo.

http://www.chessgames.com/perl/chessgame?gid=1254283

Hay que decir que tras este zas en toda la boca Kasparov empezó a tratar con respeto -a su manera, claro- a Judit ¿y que tal una disculpa? Pues la hubo, aunque tardó unos añitos. Como ella no quería hablarle él la siguió hasta el aseo de señoras y entró por todo el morro. En esas condiciones la conversación es inevitable.

Al final tan amigos

 Kasparov no está solo. En el historial de Judit encontramos victorias sobre nueve (¡nueve!) campeones del mundo, incluyendo una mítica ante Karpov donde repite el famoso doble sacrificio de álfil de Lasker de 1889. En esa época mete su nombre en el número ocho del mundo con un elo de 2735, y es la única mujer que es la número uno de su país. Sin embargo, su asalto al título mundial se frena al seguir el camino de sus hermanas para casarse y tener hijos. Pero al contrario que ellas, no se aleja de la competición salvo por un breve periodo. Declara que la maternidad es más dura que el ajedrez y que para ella los torneos son como vacaciones. Ya que juega menos, tiene que seleccionar donde juega. Y elige jugar lo que de acceso a los campeonatos del mundo.

Su estilo madura poco a poco, cada vez más posicional, cada vez más técnico. Consigue ser la primera mujer que juega una fase final del campeonato del mundo y un torneo de candidatos. Más recientemente, en la Copa del Mundo 2011 elimina en primera ronda al número cuatro del mundo, Sergei Kariakin y llega a cuartos, donde es eliminada por Piotr Svidler que a la postre se lleva el torneo.

No se ve todos los días a un profesional (una en este caso) aceptando la derrota con una sonrisa...

Y por supuesto sigue jugando. Su último torneo fue el clásico de Gibraltar, donde era una de las favoritas. Pero no ganó. Se cruzó en su camino Hou Yifan, una gran maestra china de dieciocho años. En veinte años de carrera profesional, Judit sólo ha perdido contra dos mujeres: su hermana Susan  y la citada china. Hou Yifan está llamada a ser su sucesora. Pero esa es otra historia... 

Hou Yifan vs. Judit Polgar
En plena faena

Polgaria al completo. De izquierda a derecha, Susan, Sofia y Judit.



viernes, 9 de marzo de 2012

Las hermanas Polgar (II): Sofia

La hermana mediana no pudo elegir. La decisión ya había sido tomada y nadie le preguntó. Además, que mejor forma de comprobar que lo de Susan no había sido un accidente que enseñarle a jugar ajedrez, naturalmente en esperanto.

No, lo de Susan no fue casual. A los cinco años se proclamó campeona de Budapest sub-11, y a los once años se convirtió en la campeona del mundo sub-20 de ajedrez rápido. Con trece años ya era miembro del equipo olímpico femenino húngaro, junto a sus dos hermanas. Polgaria se llevó el oro en tres olimpiadas y la propia Sofia ganó tres medallas de oro individuales.

Pero la prueba de fuego era jugar contra hombres. Esa prueba se llamaba Torneo Magistral de Roma, al que acudieron algunos de los grandes maestros más fuertes del mundo. Y una niña de 14 años que les pasó por encima. Nueve partidas, ocho victorias y unas tablas, para un rendimiento de 2735 elo, récord absoluto todavía vigente en un torneo de esa categoría para alguien de su edad.

Sin embargo, ya no volvió a jugar a ese nivel. Pese a que consiguió otro récord, el subcampeonato absoluto sub-20, primera mujer en conseguirlo, y título de maestra internacional su interés por el ajedrez profesional fue cayendo según se iba haciendo adulta, sustituido poco a poco por la pintura, campo en el que también consiguió destacar...y su novio y después marido, con el que tiene dos hijos.

Actualmente vive en Toronto, dedicada a la pintura y a la enseñanza del ajedrez. Aunque de vez en cuando vuelve a jugar y consigue patear algún trasero famoso, en este caso el de Viktor el terrible Korchnoi, que se lo toma con exquisita deportividad, como pueden ver.




jueves, 8 de marzo de 2012

Las hermanas Polgar (I): Susan

Allá por los 60 un húngaro fanático del esperanto llamado Lazlo Polgar tenía una teoría. Afirmaba que los niños prodigio no nacían, se hacían centrando su educación en una materia exclusiva, o casi exclusiva, desde muy pequeños. Cuando contrajo matrimonio y tuvo en serie tres hijas se frotó las manos: ya tenía sujetos para demostrar su teoría.

Las niñas en cuestión se llamaban, por orden de aparición, Susan, Sofia y Judit. Inicialmente la materia exclusiva iba a ser las matemáticas, enseñadas en esperanto por más señas. Aunque sucedió un accidente que lo cambió todo.

Jugando al escondite con su madre Susan se metió en un armario y encontró un extraño objeto. Una tabla de madera con casillas blancas y negras que se alternaban, y unas extrañas figuras que también alternaban colores. Intrigada, le preguntó a su madre que era eso. Su madre le explicó las reglas básicas del juego. Tenía cuatro años. A las pocas partidas ganaba siempre a su madre.

Eso hizo cambiar al padre de opinión sobre la materia exclusiva. Lazlo era un decente jugador, pero antes de dar el paso decidió hacer una prueba. La llevó a su club de ajedrez.

Y ahí tenemos a Lazlo y Susan entrando a una sala llena de humo y de cincuentones con sobrepeso fumando y jugando. De hecho, cuando Lazlo entró al club pensaron que era él quién iba a jugar. Tras el recelo primero y burlas después permitieron que la niña jugara. Las risas se transformaron en caras sonrojadas cuando la niña empezó a darles mate. Ya no había dudas. Lazlo convertiría a sus hijas en profesionales del ajedrez.

Empezaron los torneos. Con esos mismos cuatro añitos ganó el campeonato de Budapest sub-11. Jugando con  niños que le sacaban siete años. Diez partidas, diez victorias.  A los doce años ganó el campeonato del mundo sub-16. A los 15 años ya era la número uno del mundo en categoría femenina. Fue por esa época cuando Lazlo tomó otra decisión: ya no jugaría con mujeres. Jugaría contra hombres.

Susan recuerda que no fue bien recibida en esos torneos masculinos "me hacían sentir como una intrusa (...) cuando ganaba no me daban la mano y decían que habían perdido porque se encontraban enfermos." y medio en broma medio en serio dice que "en toda mi carrera no he vencido a un sólo hombre sano".

Susan ganaba mucho. Y en consecuenca los hombres enfermaban, mucho. A los 23 años consiguió el título de gran maestro (maestra en este caso), la primera mujer en conseguirlo. Bien es cierto que Nona Gaprindashvili, y si no recuerdo mal Vera Menchik, también lo tenía pero a título honorario, no ganado compitiendo como Susan. Por esa época un patrocinador puso mucho dineró encima de su mesa para que volviera a jugar contra mujeres. Arrasó. Aunque falló en su primer intento, al segundo consiguió ser campeona del mundo.

No le duró mucho. La defensa del título coincidió con el nacimiento de su primer hijo, por lo que pidió un aplazamiento. La federación china hizo todo lo posible para que no fuese aceptado y quitarle el título. Lo consiguió. Muy cabreada, Susan se negó a volver a jugar competiciones femeninas. Emigró a Estados Unidos, adoptó la nacionalidad y se convirtió en entrenadora. Como jugadora se semiretiró, aún así sigue jugando la olimpiada. Y en 2006, en un torneo Nueva York, muchos hombres volvieron a enfermar. Quedó segunda por detrás de Gata Kamsky. Los grandes maestros Alexander Onischuk, Boris Gulko, Ildar Ibragimov y Alex Stripunsky engrosaron la lista de enfermos.

Susan Polgar, más o menos hoy...

Susan Polgar jugando contra el ex-campeón del mundo Mikhail Tal. La partida acabó en tablas. La niña que se ve al fondo es su hermana Judit. Esta foto históríca la encontré en el blog de Antonio Gude, que aprovecho para recomendar.
Sí, esta foto es justo lo que parece. Susan Polgar adolescente jugando Fischer Random contra ¡Bobby Fischer!   Bobby Fischer estuvo un tiempo viviendo en casa de los Polgar, hasta que descubrió que eran judíos y se fue sin despedirse. Era un encanto, como pueden ver. Sí, le dedicaré una entrada que el tipo da mucho juego.

Excusas

Como buena leyenda existen muchas historias que tienen como protagonista al maestro de ajedrez Aaron Nimzowitch. Tantas que es difícil distinguir la realidad de la ficción. Esta que les voy a contar es apócrifa... muy probablemente. O quizás no. Quién sabe.

Cuando nuestro protagonista ganaba un torneo solía decir:

 -He ganado pese a las condiciones de la sala, con poca luz, unas sillas demasiado altas, un público ruidoso, un olor desagradable que venía de los aseos. Que gane el torneo en estas pésimas condiciones demuestra lo bueno que soy.

Cuando perdía solía decir.

-He perdido debido a las condiciones de la sala, con poca luz, unas sillas demasiado altas, un público ruidoso, un olor desagradable que venía de los aseos. Era imposible concentrarse y mis oponentes me han ganado porque estaban resfriados y no olían nada.

Un organizador tomó buena nota de estas declaraciones. Así que se esforzó para que la sala de juego estuviera impecable. La luz justa, clara pero sin molestar. Las sillas, ni altas ni bajas. Controló al público de tal forma que reinara un impecable silencio. Revisó a fondo los aseos para asegurarse que no hubiera ningún olor que perturbara la concentración de lo jugadores.

En estas condiciones se sentó Nimzowitch a jugar su primera partida. De repente, vió entrar al satisfecho organizador en la sala. Saltó como un rayo hacía él y le dijo:

-¡Es usted un ser despreciable! ¿Qué excusa voy a poner ahora si pierdo?