Sucedió que, al sur de Madrid, en pleno boom urbanístico, a alguien se le ocurrió la idea de construir un polideportivo. Muy bien. Pero no uno de esos de pueblo, no, uno de los grandes, para cinco mil espectadores, full equip. Y además, dedicado a un mito: nada menos que Fernando Martín. Ahí es nada. Las autoridades, los poderes fácticos del lugar, acurrieron raudos a la inauguración, para salir bien en la foto y llevarse los méritos.
Esas mismas autoridades desaparecieron cuando se dieron cuenta de la duda realidad: ese pabellón tan majestuoso que acababan de inaugurar no tenía equipo que lo jugara. El equipo local, el Club Baloncesto Fuenlabrada, era un equipo amateur que militaba en la segunda división de entonces. Demasiado collar para tan poco perro. Que fracaso.
Pero entonces la FIBA, que no sabía que hacer con los clubes de un país en guerra, toma la decisión de prohibirles jugar en su casa. Podrían jugar, sí, pero en cancha ajena. Alguien del ayuntamiento de Fuenlabrada estaba viendo la tele en ese momento, y raudo se le encendió la lucecita: les ofrecerían su flamante y vacío pabellón. Ni decir tiene que Partizan aceptó, no encantado ya que su legitimo pabellón -el mítico Pionir- se quedaba sin baloncesto, pero era eso o nada.
Y así partieron a su exilio doce jugadores y un entrenador. Los problemas económicos del club eran tales que Zelko Obradovic, el entrenador, renunció a su sueldo y repartía su mensualidad entre los jugadores, que no cobraban el suyo muy puntualmente que digamos. A los problemas económicos hay que sumar los personales. No era para menos. Zoran Stevanovic tenía a su hermano en el frente. No supo nada de él durante meses. No sabía si estaba vivo o muerto. Pedrag Danilovic, serbio de nacionalidad pero bosnio de nacimiento, tenía a su madre en Sarajevo. Mientras él jugaba para un equipo serbio, el ejército serbio trataba de matar a su madre. Ivo Nakic era el otro de origen no serbio del equipo, concretamente croata y también croata de nacionalidad. Fue acusado de traición en su tierra, y las amenazas fueron tales que su familia tuvo que dejar su Rijeka natal para convertirse en refugiados. Cada jugador tenía su propio drama, sus propios seres queridos por los que temía en un país en guerra.
Pero el calendario pasa y las competiciones llegan. Así empieza la odisea del Partizan, que los fines de semana estaba en Serbia jugando la liga local y entre semana en cualquier lugar de Europa jugando la Euroliga. Afortunadamente, cada quince días tocaba un lugar fijo: Fuenlabrada.
La gente de Fuenlabrada acudió al Fernando Martín con mucha curiosidad. No sabían lo que iban a ver exactamente. Un equipo muy joven, con un entrenador de treinta y pocos sin experiencia ninguna contra Joventut, Estudiantes, Aris, Phillips de Milán...Realmente nadie daba un duro por ellos.
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martes, 22 de enero de 2013
domingo, 13 de enero de 2013
El Partizan de Fuenlabrada (I)
A veces ocurren pequeños milagros. Insignificantes, incluso. Hasta dolorosos según desde donde se miren. Sí, fui parte perjudicada de este en particular. Pero milagros al fin y al cabo. Hace algo más de veinte años ocurrió uno, con una guerra brutal (¿cual no lo es?) de fondo en pleno corazón de Europa, ante la indiferencia de medio mundo.
El baloncesto era tan importante en la antigua Yugoslavia que ni la guerra pudo parar las competiciones. En plena guerra se disputó las primeras ligas nacionales croatas, eslovenas, serbias...y tres de sus clubes iban a disputar la primera edición de la Euroliga: dos croatas, Cibona y KK Split, y uno serbio, el Partizan de Belgrado.
El nombre oficial del KK Split era Slobdna Dalmacija, y era el vigente campeón de Europa. Antes de la guerra el equipo amarillo se había convertido en un azote divino para todos los equipos españoles -Barça...-, italianos, griegos...con más potencial ecónomico y que se gastaron verdaderas fortunas para destronar a los niños de Split. Sí, niños. Con una media de edad insultantemente baja y unos jugadores tirillas, especialmente Toni Kukoc, derrotaban una y otra vez a los en teoría mejores equipos de Europa. Practicaban un juego lento, contando los segundos, hasta que de repente explotaba una velocidad de ejecución en el cinco contra cinco que siempre definía la canasta justo al borde de la bocina de la posesión. Simplemente mataban los partidos como una máquina perfecta. Sretenovic era el base cerebral, que se la daba a Kukoc en el momento justo. Este, con un bote perfecto y un primer paso que parecía que su cuerpo se fuera a partir en dos iniciaba el principio del fin, culminando él mismo, aprovechando el espacio para Radja, sacando el balón fuera para Ivanovic o Perasovic...Eran imparables. No había en Europa un sólo equipo que pudiera defender o contrarrestar ese talento.
Bueno, sí había uno. El Partizan de Belgrado. Aunque su juego era muy diferente, contraataque y velocidad basado en el triángulo Djordjevic-Paspalj-Divac. Se convirtieron en el equipo más espectacular de Europa, una suerte de Lakers-showtime a la yugoslava. Pero como el resto de Europa, siempre acababan perdiendo contra los de Split, pese a ser siempre los favoritos. Los detalles extradeportivos -Vlade Divac se lesiona al saltar por la ventana del hotel...para irse de juerga- influyeron, pero la razón principal es que la Jugoplastika de Split jugaba a no dejar jugar. El propio Djordjevic lo explica muy bien: "Y nosotros hacíamos un juego espectacular, pim pam, y el público exclamaba Oooooh...Pero eso no ganaba a la Jugoplastika, porque contra ellos no podías correr. Ellos fueron los primeros que entendieron la importancia de la rapidez de ejecución de los movimientos en estático. Te hacían una jugada con cinco pases rapidísimos. Era una increíble diferencia".
Finalmente las liras acabaron con la Jugoplastika. Radja jugó en Roma antes de partir a la NBA. Kukoc fichó por la Benetton y terminó en los Bulls junto a Michael Jordan ganando tres anillos. Ivanovic y Perasovic jugarían en España, como también lo haría a temporadas Zoran Savic. Hasta el suplente de los suplentes, Petar Naumoski, jugaría en Turquía y se convertiría en uno de los mejores bases de Europa.
¿Y el Partizan? Divac se convertiría en una estrella en los Lakers al lado de Magic. Paspalj jugaría en Grecia muchos años batiendo récords de anotación. Pecarski probaría el mismo destino. Del equipo mágico sólo quedarían Djordjevic, el croata Ivo Nakic y Pedrag Danilovic. Pese a su juventud, un juego exterior temible. Por dentro, dos pívots con aspecto de leñador, muy trabajadores y voluntariosos, Slavisa Koprivica y Zoran Stevanovic. En el banco, una ristra de jugadores que no pasaban de los veinte años, donde destacaban Nikola Loncar y Zelko Rebraca. La media de edad del equipo, unos 22 años.
Y encima, sin entrenador. El director técnico del club, Dragan Kikanovic, no encontraba quién quisiera sentarse en el banquillo del primer equipo. En una Yugoslavia al borde de la guerra lo natural era irse. Llama al capitán, Zelko Obradovic, y le informa de la situación. Kikanovic no se puede creer lo que oye: Obradovic se ofrece a entrenar al primer equipo. Con muchas dudas, la directiva termina aceptando, ya que también significaba la retirada del jugador. La prensa se pone en su contra ¿como pueden darle a un ex jugador, por muy bueno que sea -y Obradovic lo era un rato largo- el banquillo del equipo más importante de Serbia?
Obradovic era un fijo en la selección yugoslava y renuncia a su convocatoria para disputar el europeo de Roma'91 con el fin de prepararse bien para entrenar al Partizan. Sasha Djordjevic ocupa su lugar en la Reprezentacija. Llegan fácilmente a la final con una exhibición insultante. Justo antes de la final, el escolta titular Jure Zdovc recibe una llamada donde se le recuerda su condición de esloveno, y de paso se le advierte que si juega la final con Yugoslavia se le consideraría un traidor y que su familia, que se encontraba en Eslovenia, sufriría las consecuencias. Llorando, Jure Zdovc abandona la concentración yugoslava. Djordjevic le abraza. Empieza el partido. Yugoslavia se burla de Italia. El último partido de Yugoslavia.
Empieza una guerra y termina un país.
El baloncesto era tan importante en la antigua Yugoslavia que ni la guerra pudo parar las competiciones. En plena guerra se disputó las primeras ligas nacionales croatas, eslovenas, serbias...y tres de sus clubes iban a disputar la primera edición de la Euroliga: dos croatas, Cibona y KK Split, y uno serbio, el Partizan de Belgrado.
El nombre oficial del KK Split era Slobdna Dalmacija, y era el vigente campeón de Europa. Antes de la guerra el equipo amarillo se había convertido en un azote divino para todos los equipos españoles -Barça...-, italianos, griegos...con más potencial ecónomico y que se gastaron verdaderas fortunas para destronar a los niños de Split. Sí, niños. Con una media de edad insultantemente baja y unos jugadores tirillas, especialmente Toni Kukoc, derrotaban una y otra vez a los en teoría mejores equipos de Europa. Practicaban un juego lento, contando los segundos, hasta que de repente explotaba una velocidad de ejecución en el cinco contra cinco que siempre definía la canasta justo al borde de la bocina de la posesión. Simplemente mataban los partidos como una máquina perfecta. Sretenovic era el base cerebral, que se la daba a Kukoc en el momento justo. Este, con un bote perfecto y un primer paso que parecía que su cuerpo se fuera a partir en dos iniciaba el principio del fin, culminando él mismo, aprovechando el espacio para Radja, sacando el balón fuera para Ivanovic o Perasovic...Eran imparables. No había en Europa un sólo equipo que pudiera defender o contrarrestar ese talento.
Bueno, sí había uno. El Partizan de Belgrado. Aunque su juego era muy diferente, contraataque y velocidad basado en el triángulo Djordjevic-Paspalj-Divac. Se convirtieron en el equipo más espectacular de Europa, una suerte de Lakers-showtime a la yugoslava. Pero como el resto de Europa, siempre acababan perdiendo contra los de Split, pese a ser siempre los favoritos. Los detalles extradeportivos -Vlade Divac se lesiona al saltar por la ventana del hotel...para irse de juerga- influyeron, pero la razón principal es que la Jugoplastika de Split jugaba a no dejar jugar. El propio Djordjevic lo explica muy bien: "Y nosotros hacíamos un juego espectacular, pim pam, y el público exclamaba Oooooh...Pero eso no ganaba a la Jugoplastika, porque contra ellos no podías correr. Ellos fueron los primeros que entendieron la importancia de la rapidez de ejecución de los movimientos en estático. Te hacían una jugada con cinco pases rapidísimos. Era una increíble diferencia".
Finalmente las liras acabaron con la Jugoplastika. Radja jugó en Roma antes de partir a la NBA. Kukoc fichó por la Benetton y terminó en los Bulls junto a Michael Jordan ganando tres anillos. Ivanovic y Perasovic jugarían en España, como también lo haría a temporadas Zoran Savic. Hasta el suplente de los suplentes, Petar Naumoski, jugaría en Turquía y se convertiría en uno de los mejores bases de Europa.
¿Y el Partizan? Divac se convertiría en una estrella en los Lakers al lado de Magic. Paspalj jugaría en Grecia muchos años batiendo récords de anotación. Pecarski probaría el mismo destino. Del equipo mágico sólo quedarían Djordjevic, el croata Ivo Nakic y Pedrag Danilovic. Pese a su juventud, un juego exterior temible. Por dentro, dos pívots con aspecto de leñador, muy trabajadores y voluntariosos, Slavisa Koprivica y Zoran Stevanovic. En el banco, una ristra de jugadores que no pasaban de los veinte años, donde destacaban Nikola Loncar y Zelko Rebraca. La media de edad del equipo, unos 22 años.
Y encima, sin entrenador. El director técnico del club, Dragan Kikanovic, no encontraba quién quisiera sentarse en el banquillo del primer equipo. En una Yugoslavia al borde de la guerra lo natural era irse. Llama al capitán, Zelko Obradovic, y le informa de la situación. Kikanovic no se puede creer lo que oye: Obradovic se ofrece a entrenar al primer equipo. Con muchas dudas, la directiva termina aceptando, ya que también significaba la retirada del jugador. La prensa se pone en su contra ¿como pueden darle a un ex jugador, por muy bueno que sea -y Obradovic lo era un rato largo- el banquillo del equipo más importante de Serbia?
Obradovic era un fijo en la selección yugoslava y renuncia a su convocatoria para disputar el europeo de Roma'91 con el fin de prepararse bien para entrenar al Partizan. Sasha Djordjevic ocupa su lugar en la Reprezentacija. Llegan fácilmente a la final con una exhibición insultante. Justo antes de la final, el escolta titular Jure Zdovc recibe una llamada donde se le recuerda su condición de esloveno, y de paso se le advierte que si juega la final con Yugoslavia se le consideraría un traidor y que su familia, que se encontraba en Eslovenia, sufriría las consecuencias. Llorando, Jure Zdovc abandona la concentración yugoslava. Djordjevic le abraza. Empieza el partido. Yugoslavia se burla de Italia. El último partido de Yugoslavia.
Empieza una guerra y termina un país.
martes, 4 de diciembre de 2012
Prva Liga 84/85
Primera jornada de la liga. Sibenka Sibenik-Cibona de Zagreb. Drazen Petrovic regresa a casa, a su antigua cancha, al equipo al que hizo campeón de liga. Bueno, casi. Sibenka 93 Cibona 120. Drazen Petrovic, 55 puntos. No tiene el menor empacho en mofarse de su antigua afición, celebrando cada canasta como si fuera un gol, levantando los brazos, saltando sin parar. Invasión de cancha al terminar el partido y el equipo de Zagreb saliendo por pies para evitar ser linchado. Esa sería la tónica en los partidos fuera de casa del Cibona.
Petrovic encajaba como anillo al dedo en el no-sistema de Novosel. Arropado por su hermano Alexander, que ya cuenta con dos títulos de liga, y un grupo de jugadores imprevisibles y geniales monopolizan toda la temporada. Con Cutura, Knego y Nakic completando el quinteto suman 19 victorias y 3 derrotas. Tras ellos, el Estrella Roja de Ranko Zeravica, que se ha rejuvenecido y la media de edad es un año inferior a la de la temporada pasada. Con Zoran Radovic y Stevan Karadzic subiendo el balón, Zufer Avdija e Ivo Petovic en las alas y Pedrag Bogosaljev de pívot tenían un quinteto capaz de ganar a cualquiera desplegando además un juego espectacular, complementados desde el banquillo por el polivalente Boban Jankovic, el cañonero Slobodan Nikolic y el cerebral Zoran Sretenovic.
El gran objetivo del Cibona era la Copa de Europa. Drazen Petrovic promedia en la liguilla previa (Cibona 7-3, incluyendo victorias contra el Real Madrid, Virtus, Roma, CSKA y Maccabi) 31,81 puntos por partido, celebrados con la habitual fanfarria, especialmente contra el Real Madrid, que hace que la prensa española brillen los adjetivos payaso, provocador, bufón. Cibona parece solo él, un genuino one-man-team. Pero nada más lejos de la realidad.
La final es, precisamente, contra el Real Madrid. La consigna es parar a Petrovic como sea. Y al principio se consigue, pero no sirve para nada. Porque cuando la tela de araña tejida por Lolo Sainz consigue dejar a Petrovic en 10 puntos, los tiros de siete metros de Alexander y Cutura y la efectividad de Knego y Nakic en el rebote ofensivo ponen a los lobos de Tuskanac por delante. Cuando el Madrid trata de cerrar la hemorragia generada por los supuestos secundarios, se acabó. Drazen sube hasta los 36 puntos. Novosel pide un tiempo muerto con todo decidido a falta de veinte segundos. La Cibona de Zagreb se convierte en el segundo equipo yugoslavo -el primero fue el Bosna de Sarajevo- en levantar la Copa de Europa.
Estrella Roja y Cibona repetirían final. El Estrella Roja dejó en el camino, al Buducnost de Pogdorica (un equipazo con Dusko Ivanovic, Zarko Paspalj y el futuro jugador del Pamesa Sasa Radunovic) , Zadar (ya tenía a Stojan Vrankovic) mientras que Cibona arrasó al Borac de Cacak y al Partizan (fue el año del debut de Alexander Djordjevic, además contaban con Danko Cvjeticanin).
Una final dura y tensa. Muy tensa. Cibona gana el primer partido en Zagreb 97 a 88. Los de Belgrado frenan a Petrovic (18 puntos) pero no pueden con el resto, y con Knego(24) y Nakic(19) dominan los tableros y se imponen con comodidad. En Belgrado, con los ultras desatados lanzando toda clase de objetos al banquillo croata, se llega a un final igualado. 90-89. Petrovic fuerza la falta...¡y falla los dos tiros libres! Jankovic no falla en el contraataque y pone el 92-89 a falta de veinte segundos. El balón va a Petrovic para el triple...¡y vuelve a fallar! Que el Estralla Roja fuera capaz de forzar el partido de desempate fue visto como una hazaña.
Aquí no hubo historia. Petrovic apretó el acelerador y con un juego marca de la casa desquició a los de Zeravica, que llegaron al descanso diecinueve puntos por debajo (67-48). La Cibona les había metido 67 puntos en 20 minutos. A pesar de todo, lo intentan y están cerca de conseguirlo, liderados por un Jankovic que juega a un nivel altísimo. Pero el show de los Petrovic les saca de quicio. En cada canasta no escatiman ninguna burla. Alexander sube el balón haciendo un bailecito y Karadzic le da una patada. Viendo que no pueden más, y creyéndose perjudicados por un arbitraje que le consiente todo a los Petrovic, amagan con retirarse. Finalmente no lo hacen y la sangre no llega -más- al río. Cibona gana 119-106 y se proclama campeón de liga.
Quedaba la copa. El rival, Jugoplastika de Split, penúltimo en la liga y salvado del descenso gracias a un triple sobre la bocina de Velimir Perasovic, lo que le permite superar por sólo un punto en basket average al Radnicki y mantener la categoría. Ningún problema. Cibona 104 Jugoplastika 83. Triplete. Y con una chulería que convertían a Slavnic y Kikanovic en ejemplos de fairplay. ¿Hay algún equipo que pueda frenarlos?
domingo, 25 de noviembre de 2012
Prva Liga 83/84
En la antigua Yugoslavia cumplir el servicio militar era un deber sagrado, y no se escapaba nadie, aunque se llamara Drazen Petrovic. Con el Mozart del baloncesto en un cuartel de Belgrado el subcampeón oficial y campeón oficioso del año anterior perdía a su principal argumento y no pudo repetir el éxito de la temporada anterior. El otro protagonista, el Bosna de Sarajevo, quedó cuarto con la principal baja de Radovanovic que viendo en el horizonte el final de su carrera fichó por el Stade Français de, como su nombre indica, la liga francesa, para así asegurarse la jubilación.
Los dos grandes dominadores de la liga fueron Cibona de Zagreb (16-6) y Estrella Roja de Belgrado (14-8). Tras ellos, con 13 victorias, Zadar, Bosna y Sibenka. Aunque la diferencia entre los dos primeros y el resto era mayor que esos números indicaban. En los play-offs el Cibona se deshacía sin problemas del Radnicki y Bosna y Estrella Roja hacía lo propio con su eterno rival, Partizan, y Zadar.
La final enfrentaba a dos equipos, como diría el señor Miyagi, diferentes pero iguales. El equipo de Zagreb estaba en plena madurez con Alexander Petrovic, Mihovil Nakic, Andro Knego, Zoran Cutura y Sven Usic, que habían ganado la liga de 1982 arropando a Kresimir Cosic, con Mirko Novosel en el banquillo. Por contra, Estrella Roja era un equipo muy joven donde el llorado Slobodan Jankovic e Ivo Petovic (ambos con 19 años) eran ya titulares y estrellas acompañados por un grupo de jugadores que no superaba los 25 años de media: Zoran Radovic, Pedrag Bogosaljev y sobre todo Slobodan Nikolic, la referencia anotadora. Dirigidos por Ranko Zeravica, hasta su asistente era una joven promesa: Bozidar Maljkovic.
Ambos equipos no eran flor de un día y representaban años de trabajo por parte de sus respectivos entrenadores. No podía ser de otra manera, ambos fichaban jugadores muy jóvenes que tenían cualidades (o futuras cualidades) que sólo veían ellos. Pero lo que marcó definitivamente a ambos entrenadores fue entrar en contacto directo con el baloncesto universitario americano.
Es poco conocido que, desde los primeros sesenta hasta bien entrados los setenta, tanto la selección como los principales clubes realizaban cada primavera una extensa gira por los Estados Unidos donde se enfrentaban a las mejores universidades. Allí se encontraron con un baloncesto que estaba a años luz del europeo: Defensas asfixiantes, presión a toda pista que hacía que pasar del medio campo fuera una proeza, derrotas por más de 50 puntos. Aún así, fue muy positivo. Los entrenadores yugoslavos, entre ellos Zeravica, entraron en contacto con gente como John Wooden o Dean Smith, que les abrieron las puertas de par en par y nunca escondieron su simpatía por los yugoslavos.
Estos tardaron tres años en obtener una victoria. Pero no era eso lo importante. Lo importante fue lo que se trajeron de allí. En el caso de Zeravica, fue el run and gun: correr y tirar. Se convirtió en un dogma en sus equipos. Ranko fue a USA con todo un libro sobre táctica, movimientos, jugadas. La libertad organizada que predicaba Alexander Nikolic. Al volver, lo tiró a la basura y se centró, simplemente, en correr y tirar. Tan sencillo como suena. Un ataque de triángulo, balón al pívot, bloqueo, corte, pase y tiro. Todos siempre en movimiento. Y en defensa, justo lo que les había hecho sufrir en los USA: agresividad, buscando robos de balón y tiros incómodos del rival para poder salir al contraataque, el otro de sus dogmas de fe.
Pero para eso no valía cualquier jugador. El concepto correr y tirar exige jugadores muy buenos y completos, que sepan botar, pasar y -lógicamente- tirar muy bien. Fundamentos. Por eso Zeravica prefería jugadores jóvenes, libres de vicios, a los que podía enseñar sus ideas desde el principio. Entrenador autoritario y obsesivo hasta con los más pequeños detalles.
Mirko Novosel, entrenador del Cibona, representaba esa misma filosofía pero aún más extrema. Si Zeravica era run and gun, Novosel era gun and gun. Nada de sistemas, improvisación pura de los jugadores buscando el lanzamiento a canasta a la menor oportunidad. Este el dogma de fe de Novosel: el tiro. No era el clásico entrenador yugoslavo obsesionado con el juego, de hecho era de los que menos horas entrenaba, y seguramente el más permisivo con los "vicios", dentro y fuera de las canchas, de sus jugadores. Pero en el tiro era inflexible y sus entrenamientos consistían, precisamente, en tirar miles de veces.
La organización clásica de un equipo europeo en aquellos primeros ochenta era un base, dos aleros y dos pívots. La de un equipo yugoslavo clásico era -influencia de la gira- 100% americana: dos guards, dos forwards y un center. Novosel, siempre extremo, era capaz de jugar con tres guards, turnándose en la subida del balón, y dos aleros tiradores sin ningún problema, todos abiertos dejando espacio para el uno contra uno.
Estos fueron los dos equipos que chocaron en la final del curso 83/84. El premio no sólo era el título liguero: Drazen Petrovic sería el premio gordo para el ganador. La final, a tres partidos, se resolvió en el tercero con una canasta sobre la bocina de Mihovil Nakic (Cibona) sobre Slobodan Jankovic. Una canasta que valdrá mucho más que el título de liga.
Los dos grandes dominadores de la liga fueron Cibona de Zagreb (16-6) y Estrella Roja de Belgrado (14-8). Tras ellos, con 13 victorias, Zadar, Bosna y Sibenka. Aunque la diferencia entre los dos primeros y el resto era mayor que esos números indicaban. En los play-offs el Cibona se deshacía sin problemas del Radnicki y Bosna y Estrella Roja hacía lo propio con su eterno rival, Partizan, y Zadar.
La final enfrentaba a dos equipos, como diría el señor Miyagi, diferentes pero iguales. El equipo de Zagreb estaba en plena madurez con Alexander Petrovic, Mihovil Nakic, Andro Knego, Zoran Cutura y Sven Usic, que habían ganado la liga de 1982 arropando a Kresimir Cosic, con Mirko Novosel en el banquillo. Por contra, Estrella Roja era un equipo muy joven donde el llorado Slobodan Jankovic e Ivo Petovic (ambos con 19 años) eran ya titulares y estrellas acompañados por un grupo de jugadores que no superaba los 25 años de media: Zoran Radovic, Pedrag Bogosaljev y sobre todo Slobodan Nikolic, la referencia anotadora. Dirigidos por Ranko Zeravica, hasta su asistente era una joven promesa: Bozidar Maljkovic.
Ambos equipos no eran flor de un día y representaban años de trabajo por parte de sus respectivos entrenadores. No podía ser de otra manera, ambos fichaban jugadores muy jóvenes que tenían cualidades (o futuras cualidades) que sólo veían ellos. Pero lo que marcó definitivamente a ambos entrenadores fue entrar en contacto directo con el baloncesto universitario americano.
Es poco conocido que, desde los primeros sesenta hasta bien entrados los setenta, tanto la selección como los principales clubes realizaban cada primavera una extensa gira por los Estados Unidos donde se enfrentaban a las mejores universidades. Allí se encontraron con un baloncesto que estaba a años luz del europeo: Defensas asfixiantes, presión a toda pista que hacía que pasar del medio campo fuera una proeza, derrotas por más de 50 puntos. Aún así, fue muy positivo. Los entrenadores yugoslavos, entre ellos Zeravica, entraron en contacto con gente como John Wooden o Dean Smith, que les abrieron las puertas de par en par y nunca escondieron su simpatía por los yugoslavos.
Estos tardaron tres años en obtener una victoria. Pero no era eso lo importante. Lo importante fue lo que se trajeron de allí. En el caso de Zeravica, fue el run and gun: correr y tirar. Se convirtió en un dogma en sus equipos. Ranko fue a USA con todo un libro sobre táctica, movimientos, jugadas. La libertad organizada que predicaba Alexander Nikolic. Al volver, lo tiró a la basura y se centró, simplemente, en correr y tirar. Tan sencillo como suena. Un ataque de triángulo, balón al pívot, bloqueo, corte, pase y tiro. Todos siempre en movimiento. Y en defensa, justo lo que les había hecho sufrir en los USA: agresividad, buscando robos de balón y tiros incómodos del rival para poder salir al contraataque, el otro de sus dogmas de fe.
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| Ranko Zeravica, seleccionador de Yugoslavia en el Mundial de 1970 en Ljubljana. La victoria ante USA significó el primer campeonato del mundo para los plavi. |
Pero para eso no valía cualquier jugador. El concepto correr y tirar exige jugadores muy buenos y completos, que sepan botar, pasar y -lógicamente- tirar muy bien. Fundamentos. Por eso Zeravica prefería jugadores jóvenes, libres de vicios, a los que podía enseñar sus ideas desde el principio. Entrenador autoritario y obsesivo hasta con los más pequeños detalles.
Mirko Novosel, entrenador del Cibona, representaba esa misma filosofía pero aún más extrema. Si Zeravica era run and gun, Novosel era gun and gun. Nada de sistemas, improvisación pura de los jugadores buscando el lanzamiento a canasta a la menor oportunidad. Este el dogma de fe de Novosel: el tiro. No era el clásico entrenador yugoslavo obsesionado con el juego, de hecho era de los que menos horas entrenaba, y seguramente el más permisivo con los "vicios", dentro y fuera de las canchas, de sus jugadores. Pero en el tiro era inflexible y sus entrenamientos consistían, precisamente, en tirar miles de veces.
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| Mirko Novosel. Fue ayudante de Zeravica en los juegos olímpicos de Moscú'80. Por supuesto, la medalla fue de oro. |
La organización clásica de un equipo europeo en aquellos primeros ochenta era un base, dos aleros y dos pívots. La de un equipo yugoslavo clásico era -influencia de la gira- 100% americana: dos guards, dos forwards y un center. Novosel, siempre extremo, era capaz de jugar con tres guards, turnándose en la subida del balón, y dos aleros tiradores sin ningún problema, todos abiertos dejando espacio para el uno contra uno.
Estos fueron los dos equipos que chocaron en la final del curso 83/84. El premio no sólo era el título liguero: Drazen Petrovic sería el premio gordo para el ganador. La final, a tres partidos, se resolvió en el tercero con una canasta sobre la bocina de Mihovil Nakic (Cibona) sobre Slobodan Jankovic. Una canasta que valdrá mucho más que el título de liga.
martes, 20 de noviembre de 2012
Que el mundo sea libre
"El bien apodado 'Free' es un jugador-callejero-pistolero, artista y showman, que lanza tiros estratosféricos que parecen retratos cuando entran o ladrillos cuando no encuentran su destino. Más que ningún otro jugador de la NBA, 'World Be Free' representa la nueva motivación urbana de los años setenta, un espíritu que no reconoce ninguna autoridad más que la de su propio apetito y al que sólo le preocupa su gratificación personal."
domingo, 8 de julio de 2012
Prva Liga 82/83
Nadie contaba con ellos. El año anterior no habían superado el 50% de victorias. Siempre había sido un equipo de media tabla para abajo que luchaba por mantener la categoría, exceptuando algún año bueno donde llegaron a clasificarse para la copa Korac. Pero nadie contaba con que terminaran la liga regular líderes con 16 victorias y 6 derrotas. Líderas de la Prva Liga (primera liga) por delante de Partizan, Bosna, Estrella Roja, Cibona. Conjuntos que inmediatamente empezaron una puja por hacerse con los servicios de los jugadores del modesto Sibenka Sibenik.
El principal elemento del equipo era un chaval de 18 años con pelo a lo afro que celebraba cada canasta como si fuera un gol, adorado por su público pero que ya empezaba a ser odiado por el respetable de los rivales, llamado Drazen Petrovic, que ya ejercía de líder indiscutible y principal aglutinador del juego del equipo. Su anotador, su alma, su todo. A su lado un grupo de jugadores jóvenes pero bastante mayores que él que le obedecían sin rechistar: Srecko Jaric, Pedrag Saric, Branko Makurac, dirigidos desde la banda por el montenegrino Vlado Djurovic, un entrenador-milagro que convertiría más equipos modestos en campeones.
Con la ventaja de campo en todo el play off, primero eliminarían en cuartos a la Jugoplastika de Split, y en semifinales al todopoderoso Estrella Roja de Belgrado. Las dos eliminatorias las pasaron por la mínima y de forma incierta, consecuencia de la extrema igualdad de la liga -en los setenta, nada menos que siete equipos distintos habían ganado al menos un título-. En la final le esperaba el entonces único equipo yugoslavo que había ganado la Copa de Europa: el Bosna de Sarajevo. Aunque mantenía el bloque que le hizo campeón, sobre todo el pívot de 2,08 Rarko Radovanovic y el alero anotador Zarko Varajic contaba con dos bajas importantes: El genial base Mirza Delibasic y Svetislav Pesic, que se retiró ese año como jugador para empezar su carrera de entrenador. El resto del bloque lo componían veteranos como Sabit Hadzic y Pedrag Benacek y jóvenes como Mario Primorac y Borislav Vucevic. En resumen, un equipo experimentado, con una dura y eficaz defensa que conducía a contraataques demoledores culminados por Varajic y Radovanocic.
Con el factor cancha a favor del Sibenka, ambos equipos consiguieron ganar en su propia pista. El tercer y definitivo encuentro se encontraba el marcador 81-82 a favor del Bosna a falta de cinco segundos de concluir. Drazen Petrovic -40 puntos- asumió la responsabilidad y a falta de dos segundos se levanta en suspensión a cinco metros de lador delante de Varajic. No encesta, pero todo el pabellón lo celebra: los árbitros pitan falta. Falta que no ha existido en opinión de Pesic, que se levanta del banquillo y como un rayo salta al centro de la pista a pedir explicaciones a los árbitros. Sólo consigue ser expulsado, a lo que sigue una monumental tangana donde varios espectadores saltan a la pista para linchar a Pesic, que se salva por piernas refugiándose en su vestuario. Finalmente, tras varias llamadas del Djurovic a la calma, el público vuelve a sus asientos y Drazen se dispone a lanzar sus dos tiros libres. Anota ambos y termina el partido. El Sibenka es campeón de liga.
Pero sólo lo fue por un día. Justo veinticuatro horas después la Federación Yugoslava de baloncesto decidión que Petrovic no había recibido ninguna falta y que había que repetir el encuentro en cancha neutral, concretamente en Novi Sad. Los de Sibenka, indignados por lo que consideraban -y lo era- el robo del siglo, no se presentaron. El Bosna Sarajevo se proclamó campeón de liga tras finalizar la rueda de calentamiento y Svetislav Pesic sumó su primer título como entrenador. No sería el último precisamente.
Así era la liga yugoslava de baloncesto. Intensa, polémica, visceral, pasional. Era un campeonato único en todo el mundo.
El principal elemento del equipo era un chaval de 18 años con pelo a lo afro que celebraba cada canasta como si fuera un gol, adorado por su público pero que ya empezaba a ser odiado por el respetable de los rivales, llamado Drazen Petrovic, que ya ejercía de líder indiscutible y principal aglutinador del juego del equipo. Su anotador, su alma, su todo. A su lado un grupo de jugadores jóvenes pero bastante mayores que él que le obedecían sin rechistar: Srecko Jaric, Pedrag Saric, Branko Makurac, dirigidos desde la banda por el montenegrino Vlado Djurovic, un entrenador-milagro que convertiría más equipos modestos en campeones.
Con la ventaja de campo en todo el play off, primero eliminarían en cuartos a la Jugoplastika de Split, y en semifinales al todopoderoso Estrella Roja de Belgrado. Las dos eliminatorias las pasaron por la mínima y de forma incierta, consecuencia de la extrema igualdad de la liga -en los setenta, nada menos que siete equipos distintos habían ganado al menos un título-. En la final le esperaba el entonces único equipo yugoslavo que había ganado la Copa de Europa: el Bosna de Sarajevo. Aunque mantenía el bloque que le hizo campeón, sobre todo el pívot de 2,08 Rarko Radovanovic y el alero anotador Zarko Varajic contaba con dos bajas importantes: El genial base Mirza Delibasic y Svetislav Pesic, que se retiró ese año como jugador para empezar su carrera de entrenador. El resto del bloque lo componían veteranos como Sabit Hadzic y Pedrag Benacek y jóvenes como Mario Primorac y Borislav Vucevic. En resumen, un equipo experimentado, con una dura y eficaz defensa que conducía a contraataques demoledores culminados por Varajic y Radovanocic.
Con el factor cancha a favor del Sibenka, ambos equipos consiguieron ganar en su propia pista. El tercer y definitivo encuentro se encontraba el marcador 81-82 a favor del Bosna a falta de cinco segundos de concluir. Drazen Petrovic -40 puntos- asumió la responsabilidad y a falta de dos segundos se levanta en suspensión a cinco metros de lador delante de Varajic. No encesta, pero todo el pabellón lo celebra: los árbitros pitan falta. Falta que no ha existido en opinión de Pesic, que se levanta del banquillo y como un rayo salta al centro de la pista a pedir explicaciones a los árbitros. Sólo consigue ser expulsado, a lo que sigue una monumental tangana donde varios espectadores saltan a la pista para linchar a Pesic, que se salva por piernas refugiándose en su vestuario. Finalmente, tras varias llamadas del Djurovic a la calma, el público vuelve a sus asientos y Drazen se dispone a lanzar sus dos tiros libres. Anota ambos y termina el partido. El Sibenka es campeón de liga.
Pero sólo lo fue por un día. Justo veinticuatro horas después la Federación Yugoslava de baloncesto decidión que Petrovic no había recibido ninguna falta y que había que repetir el encuentro en cancha neutral, concretamente en Novi Sad. Los de Sibenka, indignados por lo que consideraban -y lo era- el robo del siglo, no se presentaron. El Bosna Sarajevo se proclamó campeón de liga tras finalizar la rueda de calentamiento y Svetislav Pesic sumó su primer título como entrenador. No sería el último precisamente.
Así era la liga yugoslava de baloncesto. Intensa, polémica, visceral, pasional. Era un campeonato único en todo el mundo.
domingo, 6 de mayo de 2012
Arijan Komazec (y III)
Nadie quería a un jugador en plena depresión y con un intento de suicidio a sus espaldas. Todavía con contrato en vigor, el Panathinaikos contactó infructuosamente con una buena cantidad de clubes europeos para deshacerse de él. El jugador fue ofrecido, entre otros, al Real Madrid y al Barcelona, que rechazaron el fichaje. Fue a parar al único club que mostró interés: el Pallacanestro Varese, un histórico italiano con 5 copas de europa en su historial, pero ahora venido a menos ya que militaba en la segunda división italiana.
El coach del equipo era el americano Joe Isaac, que entendió a la perfección a su nuevo fichaje. Komazec se encontró en su nuevo club con un ambiente familiar y cálido, donde la otra función del entrenador era organizar barbacoas semanales para los jugadores y sus familias. Con el tiempo, Joe Isaac se convirtió en una especie de segundo padre para Arijan.
En la pista, con el ánimo recuperado Arijan se salió. El sistema de juego del Varese era tan simple como este: balón a Komazec, penetración que se convertía a menudo en un uno contra cinco y, si Komazec no podía resolver, balón doblado a uno de sus compañeros libres, que tampoco eran mancos. De todas formas, resolvía, y daba la impresión que pasaba el balón sólo para sumar una asistencia más a su estadística.
El Varese volvió a la máxima categoria del baloncesto italiano por la puerta grande. En la ruda serie A-1, Komazec volvió a arrasar: máximo anotador con 33 puntos de media por partido, en siete partidos superó los 40 puntos, segundo en balones robados, cuarto en asistencias, segundo en porcentaje en tiros de dos y sexto en tiros de tres, para un estratósferico y nunca visto 37,94 de valoración de media por partido, récord que sigue vigente.
El Varese cayó en los playoffs contra el Stefanel de Milan que contaba con Dejan Bodiroga, Gregor Fucka, Ferdinando Gentile y Dino Meneghin. El Varese, en el fondo, era un one-man-team y poco podía hacer contra el buen juego colectivo tejido por Bogdan Tanjevic. Aún así, Komazec fue imparable, anuló a Bodiroga y mantuvo su media de 33 puntos.
Varese se le había quedado pequeño. Dos equipos llamaron a su puerta. Los New Jersey Nets, huérfanos de Petrovic y todavía traumatizados por la muerte del mago de Sibenik, que no encontraba el rumbo en la NBA. No eran mal equipo, con Kevin Anderson y Derrick Coleman ("me pagan por aguantar a este tipo"- Chuck Daly) pero desmoralizados y necesitados de un revulsivo. Que se llamaba, naturalmente, Arijan Komazec.
El otro equipo era otro huérfano, en este caso de Pedrag Danilovic que se había marchado a los Miami Heat de Pat Riley: la Virtus de Bolonia, campeón de la Lega por dos años consecutivos, con muchas posibilidades de una tercera y de hacer algo grande en la Euroliga.
Arijan no quería dejar europa sin algún título colectivo, así que eligió la Virtus. Se encontró un escenario muy diferente a Varese. Un entrenador que en lugar de organizar barbacoas manejaba el látigo con soltura. Un público hostil, que añoraba a Danilovic, que nunca dejó de compararlo con él y que jamás le perdonaba errores. Y que le culpó de la eliminación en semifinales de Lega frente, otra vez, el Stefanel de Dejan Bodiroga, que además le superó en el duelo individual.
Su segunda temporada, además de encontrarse con todo lo anterior, hubo de sumar el problema de las lesiones. Se perdió partidos clave y fue acusado por la prensa de Bolonia de fingir esas lesiones porque no podía con la presión. Komazec respondió jugando lesionado, en un escándalo típico del baloncesto italiano, donde los médicos del club, en lugar de parar la decisión del jugador, dieron el visto bueno aunque sabían que estaba a punto de romperse, y con un entrenador que le hizo jugar conociendo perfectamente esa circunstancia.
Komazec se rompió definitivamente en semifinales contra el gran rival ciudadano, el Teamsystem de Alexander Djordjevic. Con el tobillo destrozado y varias operaciones ese verano para tratar, aunque fuera parcialmente, de recuperarlo, abandonó el club con destino, de nuevo, a Varese.
Ya nunca volvió a ser el mismo. Aún así, jugando con un pie mantuvo una media de 18 puntos por partido, muy lejos de sus registros de antaño pero, claro, con el atenuante que jugaba cojo. La temporada magnífica ya que nadie esperaba nada, aunque de nuevo su equipo cayó en semifinales, contra su ex-equipo, la reforzada Virtus de los hijos pródigos Messina y Danilovic.
Cojo, Komazec deja el Varese y ficha por Olimpiakos en lo que considera su última opción para, por fin, ganar un título. No pudo ser. Tiene que ver como el Varese gana el Scudetto precisamente el año que él se va; y como el Panathinaikos de Bodiroga y Radja gana la liga griega.
Su última temporada completa la disputa por sorpresa en Zadar, que también ficha por sorpresa a Dino Radja. Y ¡tampoco! ganan la liga croata, dominada sin fin por la Cibona. Tras una breve experiencia en un equipo polaco y un estrambótico fichaje por los Vancouver Grizzlies, donde cobra pero no debuta, unos pocos partidos en el AEK de Atenas y una última temporada en Avellino italiano, se retira.
Se establece en Zadar y es un habitual de la grada de su antiguo equipo. Su última aparición pública sucede unos años después de su retirada, como espectador en un Zadar-Partizan de la liga adriática, donde los ultras del Zadar le acusan de ser serbio y tratan de lincharlo. Al antiguo ídolo del club. La policía responde deteniendo a Komazec y llevándoselo al calabozo.
Y tras esto, desaparece. Nadie sabe donde vive. Giussepe Giergia, que más o menos mantiene un contacto con él, afirma que sigue viviendo en Zadar, en las afueras, aunque no sabe exactamente donde. De nuevo, se habla de depresión y de intentos de suicidio. De soledad mal llevada.
Arijan Komazec fue el mejor anotador europeo de la década de los noventa. Un jugador extraordinario con unos fundamentos y una técnica difícil de ver hoy día en un baloncesto moderno (risas del público) donde el músculo es más importante que el cerebro. Un tipo que nos hizo disfrutar a todos lo que nos gusta el baloncesto. Estés donde estés, gracias tío.
El coach del equipo era el americano Joe Isaac, que entendió a la perfección a su nuevo fichaje. Komazec se encontró en su nuevo club con un ambiente familiar y cálido, donde la otra función del entrenador era organizar barbacoas semanales para los jugadores y sus familias. Con el tiempo, Joe Isaac se convirtió en una especie de segundo padre para Arijan.
En la pista, con el ánimo recuperado Arijan se salió. El sistema de juego del Varese era tan simple como este: balón a Komazec, penetración que se convertía a menudo en un uno contra cinco y, si Komazec no podía resolver, balón doblado a uno de sus compañeros libres, que tampoco eran mancos. De todas formas, resolvía, y daba la impresión que pasaba el balón sólo para sumar una asistencia más a su estadística.
El Varese volvió a la máxima categoria del baloncesto italiano por la puerta grande. En la ruda serie A-1, Komazec volvió a arrasar: máximo anotador con 33 puntos de media por partido, en siete partidos superó los 40 puntos, segundo en balones robados, cuarto en asistencias, segundo en porcentaje en tiros de dos y sexto en tiros de tres, para un estratósferico y nunca visto 37,94 de valoración de media por partido, récord que sigue vigente.
El Varese cayó en los playoffs contra el Stefanel de Milan que contaba con Dejan Bodiroga, Gregor Fucka, Ferdinando Gentile y Dino Meneghin. El Varese, en el fondo, era un one-man-team y poco podía hacer contra el buen juego colectivo tejido por Bogdan Tanjevic. Aún así, Komazec fue imparable, anuló a Bodiroga y mantuvo su media de 33 puntos.
Varese se le había quedado pequeño. Dos equipos llamaron a su puerta. Los New Jersey Nets, huérfanos de Petrovic y todavía traumatizados por la muerte del mago de Sibenik, que no encontraba el rumbo en la NBA. No eran mal equipo, con Kevin Anderson y Derrick Coleman ("me pagan por aguantar a este tipo"- Chuck Daly) pero desmoralizados y necesitados de un revulsivo. Que se llamaba, naturalmente, Arijan Komazec.
El otro equipo era otro huérfano, en este caso de Pedrag Danilovic que se había marchado a los Miami Heat de Pat Riley: la Virtus de Bolonia, campeón de la Lega por dos años consecutivos, con muchas posibilidades de una tercera y de hacer algo grande en la Euroliga.
Arijan no quería dejar europa sin algún título colectivo, así que eligió la Virtus. Se encontró un escenario muy diferente a Varese. Un entrenador que en lugar de organizar barbacoas manejaba el látigo con soltura. Un público hostil, que añoraba a Danilovic, que nunca dejó de compararlo con él y que jamás le perdonaba errores. Y que le culpó de la eliminación en semifinales de Lega frente, otra vez, el Stefanel de Dejan Bodiroga, que además le superó en el duelo individual.
Su segunda temporada, además de encontrarse con todo lo anterior, hubo de sumar el problema de las lesiones. Se perdió partidos clave y fue acusado por la prensa de Bolonia de fingir esas lesiones porque no podía con la presión. Komazec respondió jugando lesionado, en un escándalo típico del baloncesto italiano, donde los médicos del club, en lugar de parar la decisión del jugador, dieron el visto bueno aunque sabían que estaba a punto de romperse, y con un entrenador que le hizo jugar conociendo perfectamente esa circunstancia.
Komazec se rompió definitivamente en semifinales contra el gran rival ciudadano, el Teamsystem de Alexander Djordjevic. Con el tobillo destrozado y varias operaciones ese verano para tratar, aunque fuera parcialmente, de recuperarlo, abandonó el club con destino, de nuevo, a Varese.
Ya nunca volvió a ser el mismo. Aún así, jugando con un pie mantuvo una media de 18 puntos por partido, muy lejos de sus registros de antaño pero, claro, con el atenuante que jugaba cojo. La temporada magnífica ya que nadie esperaba nada, aunque de nuevo su equipo cayó en semifinales, contra su ex-equipo, la reforzada Virtus de los hijos pródigos Messina y Danilovic.
Cojo, Komazec deja el Varese y ficha por Olimpiakos en lo que considera su última opción para, por fin, ganar un título. No pudo ser. Tiene que ver como el Varese gana el Scudetto precisamente el año que él se va; y como el Panathinaikos de Bodiroga y Radja gana la liga griega.
Su última temporada completa la disputa por sorpresa en Zadar, que también ficha por sorpresa a Dino Radja. Y ¡tampoco! ganan la liga croata, dominada sin fin por la Cibona. Tras una breve experiencia en un equipo polaco y un estrambótico fichaje por los Vancouver Grizzlies, donde cobra pero no debuta, unos pocos partidos en el AEK de Atenas y una última temporada en Avellino italiano, se retira.
Se establece en Zadar y es un habitual de la grada de su antiguo equipo. Su última aparición pública sucede unos años después de su retirada, como espectador en un Zadar-Partizan de la liga adriática, donde los ultras del Zadar le acusan de ser serbio y tratan de lincharlo. Al antiguo ídolo del club. La policía responde deteniendo a Komazec y llevándoselo al calabozo.
Y tras esto, desaparece. Nadie sabe donde vive. Giussepe Giergia, que más o menos mantiene un contacto con él, afirma que sigue viviendo en Zadar, en las afueras, aunque no sabe exactamente donde. De nuevo, se habla de depresión y de intentos de suicidio. De soledad mal llevada.
Arijan Komazec fue el mejor anotador europeo de la década de los noventa. Un jugador extraordinario con unos fundamentos y una técnica difícil de ver hoy día en un baloncesto moderno (risas del público) donde el músculo es más importante que el cerebro. Un tipo que nos hizo disfrutar a todos lo que nos gusta el baloncesto. Estés donde estés, gracias tío.
viernes, 4 de mayo de 2012
Arijan Komazec (II)
Hay veces que el destino de un niño es imposible de adivinar. Otras veces, lo imposible es no hacerlo. Es el caso de Arijan Komazec. Su padre fue jugador del Zadar en su edad dorada, y por cierto, compañero de Mark Ostarcevic, el hoy tristemente célebre en España. Así, su padre le pone a botar un balón en cuanto se pone en pie, y muy temprano ingresa en las categorías inferiores del Zadar. Es bueno, muy bueno, o por lo menos lo bastante bueno para debutar en el primer equipo a los 16 años. Para que vean como era aquella familia, la estrella del equipo es...su tío, Petar Popovic.
Aunque pronto sería desbancado por su sobrino. En su tercera temporada, a los 18 años, fue el máximo anotador de la liga, título que conseguiría tres años más, hasta el final de la competición por la guerra. En 1990 fue elegido el mejor jugador de la liga. En una liga donde estaban Toni Kukoc y Sasha Djordjevic. Ese mismo año fue campeón del mundo con la selección yugoslava.
Desgraciadamente en el Zadar no hubo éxitos colectivos. La plantilla no daba para tanto, y se tenían que conformar con perder partidos contra equipos más maduros y con la mitad de la tabla. Esto no impedía que Arijan metiera 40 puntos por partido al más puro estilo Petrovic, claro, pero no era suficiente. Hacía falta algo más.
Ese algo más se llamaba Dejan Bodiroga y acababa de convertirse en compañero de Arijan cuando estalló la guerra. En plena guerra y sin trabas legales para elegir el destino deportivo Bodiroga se marchó a Italia. Komazec le debía haber seguido, pero no lo hizo. Se quedó en el Zadar en plena guerra, jugó la primera liga croata en plena guerra, fue el mejor jugador de la liga...y perdió la final contra la Cibona de Danko Cvjeticanin.
Durante toda lo que duró la primera liga croata un tal Zeljko Pavlicevic no dejó de llamarle todos los días, e incluso vivió una odisea para atravesar su antiguo país donde todos se estaban matando y visitar a Arijan a su casa, para convencerle de que dejara Zadar y se uniera al Panathinaikos de Atenas, que le esperaba con muchas dracmas y mucha hambre de competición. El reto era destronar al Aris de Nikos Gallis, y para eso necesitaban un anotador que le diera la réplica. Y para eso no valía cualquiera.
Tras muchas reticencias, Arijan aceptó. Tenía 21 años y terror a dejar el hogar paterno. Sin embargo, esos padres necesitaban un dinero que el Zadar ya no podía ofrecerles. Así que finalmente, y ya que Pavlicevic se había tomado más molestias que el resto, aceptó la oferta y se mudó a Atenas.
Sin embargo, no pudo dar esa réplica. La directiva tenía una filosofía distinta a la de su entrenador. En lugar de querer luchar contra Gallis, prefirieron unirse a Gallis y lo ficharon. Un acierto, sí, tener a dos de los mejores escoltas de Europa en el mismo equipo. Pues no.
Komazec nunca se adaptó a la vida en Grecia ni a la competencia de un jugador como Gallis. No de forma deportiva, porque al principio anotó más que él. El punto álgido fue la final de la copa, que ganaron y en la que Komazec anotó 30 puntos. Dice el propio Komazec que al finalizar el partido
"El presidente bajó a hablar conmigo y me dijo que había anotado demasiado y que Gallis podía enfadarse".
Sí, se enfadó. Furioso por tener una sombra, Nikos Gallis planteó a la directiva el clásico o él o yo. Funcionó. Komazec empezó a tener menos minutos, menos balones, menos tiros y se sumió en una depresión cuando se dio cuenta que su entrenador no estaba a su lado. Las noticias de la guerra, la muerte de antiguos compañeros de colegio, tampoco le ayudaron anímicamente. De repente, por primera vez en su vida Arijan Komazec se sintió solo. Y no pudo soportarlo.
Su compañero de equipo Stojan Vrankovic lo sujetó en el último momento, cuando iba a lanzarse al vacío desde la cornisa de un hotel ateniense. Durante ese tiempo se especuló sobre el consumo de drogas y problemas de alcohol, pero la realidad era más simple, y quizás más dura: Depresión y ninguna ayuda.
La temporada terminó de forma esperpéntica, con el presidente del Panathinaikos, el millonario farmaceútico Pavlos Giannakopuolos, denunciando un complot arbitral y retirando a su equipo del play off final. Y por supuesto, haciendo caso a Gallis y echando a Komazec del club, al que acusó de fingir lesiones para no jugar.
Arijan Komazec (I)
Es interesante el concepto de plaga bíblica. Nunca lo ví reflejado con más exactitud que a finales de los ochenta en las canchas de baloncesto europeas. Tras muchos años de trabajo y una excelente gestión, el Barcelona se había convertido en uno de los mejores equipos de Europa. Concretamente, en el segundo mejor. Año tras año chocaban contra unos chavales que parecían los ejecutores divinos de la maldición. La lluvia de sapos y culebras duró tres años y acabó desmoralizando al Barcelona de tal forma que se pasó todo un lustro sin levantar cabeza a causa del trauma.
No hace falta que diga que ese equipo-plaga bíblica se llamaba Jugoplastika y, tras cambiar de patrocinador, Pop 84. Para defenderse de ellos los clubes europeos recurrieron a su mejor arma: el dinero. Y así, le quitaron a su, como dirían los americanos, jugador franqucia: Dino Radja. No funcionó. Ganaron.
Sólo la guerra pudo vencer al equipo de Split. Con la antigua Yugoslavia ardiendo en una guerra sin sentido, los equipos europeos se lanzaron como buitres hacia todos sus jugadores. No perdonaron ni uno.
Se podrían poner muchos ejemplos de la calidad de ese equipo. El especialista defensivo que tenían se llamaba Velimir Perasovic. Era un tirillas al que emparejaban con el mejor jugador exterior rival. Y pese a su falta de músculo, solía tener éxito. Pues ese tío, el que sacaban del banquillo cuando un jugador rival se ponía a meter triples -Epi tuvo pesadillas-, fue 5 veces máximo anotador de la ACB. Sí, el que era suplente en ese equipo.
No creo que exagere si digo que en aquellos años la liga yugoslava era la mejor de Europa. Basta echar un vistazo para ver los nombres que componían el equipo del eterno subcampeón, el Partizan de Belgrado: Alexander Djordjevic, Sasha Danilovic, Zarko Paspalj, Vlade Divac. Esos nombres formarían la base de lo que fue la selección serbia en los 90, la que ganó dos campeonatos del mundo. Pues esos, los que serían campeones del mundo, perdían año tras año contra la Jugoplastika de Split.
Era una liga corta para lo que se estila hoy, bueno, y en la época también, solamente doce equipos a doble vuelta. La filosofía era opuesta al cuantos más equipos mejor de las ligas occidentales -más equipos significan más partidos, lo que significa más taquilla y más derechos de TV- y tiene su explicación en que los entrenadores eran escuchados por los federativos para decidir el formato. Eligieron una liga corta porque así, con menos partidos, podrían entrenar más y la saturación de los jugadores sería menor. Entrenar más significa jugadores con mejores fundamentos y mejor técnica. Y tenía el añadido que, al ser pocos equipos, la calidad de los jugadores se concentraría mejor, y en lugar de tener equipos con uno o dos jugadores realmente buenos -como pasaba en la mayoría de equipos europeos- tenían equipos con cinco o seis jugadores muy buenos.
El tema de los traspasos también era muy diferente. Todos los clubes daban prioridad a la cantera porque fichar a un buen jugador ya formado era casi imposible. Cuando un equipo quería fichar a un alguien se reunían federativos y entrenadores para estudiar la repercusión que ese traspaso iba a tener en la liga. Sólo si había una amplia mayoría a favor se procedía al traspaso. Y casi nunca se alcanzaba esa mayoría. Lo que se buscaba era que los equipos fueran buenos y con jugadores de calidad, pero no que un equipo aglutinara a la selección nacional -como pasaba, por ejemplo, en España entre el Barça y el Madrid-
Hay que decir que lograron su objetivo de una competición equilibrada. Solamente en los últimos años dos equipos pudieron ganar la competición de forma consecutiva: Cibona de Drazen Petrovic y la Jugoplastica de Toni Kukoc y Dino Radja. Y existía toda una jauría de equipos que en otras ligas habrían arrasado pero que en la competitiva liga yugoslava quedaban en mitad de tabla. Bosna Sarajevo, Estrella Roja de Belgrado, Zadar...precisamente de un jugador del Zadar vamos a hablar.
No hace falta que diga que ese equipo-plaga bíblica se llamaba Jugoplastika y, tras cambiar de patrocinador, Pop 84. Para defenderse de ellos los clubes europeos recurrieron a su mejor arma: el dinero. Y así, le quitaron a su, como dirían los americanos, jugador franqucia: Dino Radja. No funcionó. Ganaron.
Sólo la guerra pudo vencer al equipo de Split. Con la antigua Yugoslavia ardiendo en una guerra sin sentido, los equipos europeos se lanzaron como buitres hacia todos sus jugadores. No perdonaron ni uno.
Se podrían poner muchos ejemplos de la calidad de ese equipo. El especialista defensivo que tenían se llamaba Velimir Perasovic. Era un tirillas al que emparejaban con el mejor jugador exterior rival. Y pese a su falta de músculo, solía tener éxito. Pues ese tío, el que sacaban del banquillo cuando un jugador rival se ponía a meter triples -Epi tuvo pesadillas-, fue 5 veces máximo anotador de la ACB. Sí, el que era suplente en ese equipo.
No creo que exagere si digo que en aquellos años la liga yugoslava era la mejor de Europa. Basta echar un vistazo para ver los nombres que componían el equipo del eterno subcampeón, el Partizan de Belgrado: Alexander Djordjevic, Sasha Danilovic, Zarko Paspalj, Vlade Divac. Esos nombres formarían la base de lo que fue la selección serbia en los 90, la que ganó dos campeonatos del mundo. Pues esos, los que serían campeones del mundo, perdían año tras año contra la Jugoplastika de Split.
Era una liga corta para lo que se estila hoy, bueno, y en la época también, solamente doce equipos a doble vuelta. La filosofía era opuesta al cuantos más equipos mejor de las ligas occidentales -más equipos significan más partidos, lo que significa más taquilla y más derechos de TV- y tiene su explicación en que los entrenadores eran escuchados por los federativos para decidir el formato. Eligieron una liga corta porque así, con menos partidos, podrían entrenar más y la saturación de los jugadores sería menor. Entrenar más significa jugadores con mejores fundamentos y mejor técnica. Y tenía el añadido que, al ser pocos equipos, la calidad de los jugadores se concentraría mejor, y en lugar de tener equipos con uno o dos jugadores realmente buenos -como pasaba en la mayoría de equipos europeos- tenían equipos con cinco o seis jugadores muy buenos.
El tema de los traspasos también era muy diferente. Todos los clubes daban prioridad a la cantera porque fichar a un buen jugador ya formado era casi imposible. Cuando un equipo quería fichar a un alguien se reunían federativos y entrenadores para estudiar la repercusión que ese traspaso iba a tener en la liga. Sólo si había una amplia mayoría a favor se procedía al traspaso. Y casi nunca se alcanzaba esa mayoría. Lo que se buscaba era que los equipos fueran buenos y con jugadores de calidad, pero no que un equipo aglutinara a la selección nacional -como pasaba, por ejemplo, en España entre el Barça y el Madrid-
Hay que decir que lograron su objetivo de una competición equilibrada. Solamente en los últimos años dos equipos pudieron ganar la competición de forma consecutiva: Cibona de Drazen Petrovic y la Jugoplastica de Toni Kukoc y Dino Radja. Y existía toda una jauría de equipos que en otras ligas habrían arrasado pero que en la competitiva liga yugoslava quedaban en mitad de tabla. Bosna Sarajevo, Estrella Roja de Belgrado, Zadar...precisamente de un jugador del Zadar vamos a hablar.
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