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martes, 28 de mayo de 2013

Alexei Bolotov

Alexei Bolotov tenía una poderosa razón para bajar del Annapurna lo más rápido que pudiera: se estaba muriendo. A partir de siete mil metros de altura el cuerpo va muriendo poco a poco,  y Alexei ya lo estaba notando. Reconocía los síntomas del edema pulmonar que empezaba a padecer. Así que para abajo. Arriba dejaba a Horia Colibasanu, el único todavía sano de la expedición, cuidando de Iñaki Ochoa de Olza, que había quedado paralizado por un edema cerebral.

No podía hacer nada. No podía ayudar en nada. Además será una pájara. Se recuperará y bajará. Pero él no podía esperar. Así que bajó. Su encuentro con Ueli Steck sólo aceleró su necesidad de salir de allí: el suizo no tenía botas adecuadas para esas temperaturas, así que Alexei le dio las suyas. Por una de esas casualidades ambos calzaban el mismo número. Ueli siguió subiendo, intentaría ayudarlos. Alexei siguió bajando con una preocupación más: la muy posible congelación de sus pies.

Aún así lo estaba consiguiendo. Lo iba a conseguir. Iba a salir de allí. Volvería a ver a su mujer, a sus padres. Los volvería a abrazar. Pero tiene otro encuentro inesperado. Denis Urubko y Don Bowie le cuentan que Iñaki está mal, muy mal. Mucho peor de lo que él pensaba cuando empezó a bajar. Le llevan oxígeno, medicinas. Alexei no se lo piensa. Se da la vuelta y sube con ellos.

Nadie esperaba que lo hiciera. Nadie le pidió que lo hiciera. Estaba mal, muy mal, y su primera y única obligación era salvar su vida. Pero saber que Iñaki, su amigo Iñaki, se estaba muriendo colocó todo eso en un segundo plano. Él mismo lo explicó:

“Los humanos se tienen que ayudar en cualquier caso. Subir a la cima no es ningún deber, no se lo debo a nadie, pero ayudar es una obligación y no depende de mi estado de salud. Lo tengo que hacer esté como esté”.



Aquella vez, en mayo de 2008, fue la primera que escuché el nombre de Alexei Bolotov. Nunca he escalado una montaña, no sé nada sobre el tema más que lo que he visto en el al filo y leído en desnivel. Pero el rescate me impresionó y emocionó tanto que desde entonces no he dejado de seguir las andanzas de Ueli Steck, Denis Urubko, Don Bowie, Horia Colibasanu, Robert Szymczak y de todos los participantes en el rescate. 

El 15 de mayo de 2013 su cuerda se rompió mientras trataba de abrir una ruta nueva en el Everest. Allí descansará para siempre. Cerca del cielo, donde pertenece.

Valar Morghulis.




viernes, 10 de mayo de 2013

La Montaña Asesina

No puedo siquiera imaginarme lo que sintió Albert Mummery cuando a orillas del río Indo levantó la cabeza y vio por primera vez el Nanga Parbat. Sobre el valle se erigía un pico de más de ocho mil metros, nevado y desafiante. En urdu, Nanga Parbat significa montaña desnuda. Tal nombre le viene porque está sola y aislada de la cadena montañosa. La vista de una montaña de ocho mil metros completamente nevada sobre el verde valle del Indo maravilló al explorador inglés. En 1895 todavía existían lugares por descubrir, y ese era uno de ellos. Y él lo estaba viendo con sus propios ojos, que nunca habían visto una montaña como aquella. 




Mummery no era un turista precisamente. Enjuto y miope, llevaba más de veinte años escalando cualquier pico que tuviera nieve. Aburrido de los alpes y de escalar sus montes más dificiles, como el Cervino, que hizo siete veces por seis rutas diferentes, y de dejar su apellido en paredes consideradas imposibles como la fisura del Grépon, se lanzó a un viaje alrededor del mundo en busca del reto imposible. Este viaje le llevó primero al Cáucaso y finalmente al Himalaya. Allí encontró lo que buscaba.



La Montaña Desnuda, El Rey de las Montañas, o como la bautizaron los alpinistas alemanes más de treinta años después, el Monte del Destino. Sería la primera vez que se intentaría escalar una montaña de ocho mil metros. Tras contratar a dos sherpas y pasarse unos meses explorando el pico Mummery eligió la cara oeste para su ascenso. Fiel a su estilo -"Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso"- eligió la ruta más difícil que encontró. La montaña se los tragó a siete mil metros de altura, tras pasar el espolón que desde entonces lleva su nombre. Sus cuerpos nunca han sido hallados y siguen allí, en alguna parte de la montaña, descansando en una tumba de hielo y nieves eternas. Y allí seguirán para siempre.

El Nanga Parbat fue coronado finalmente en 1953, tras muchos intentos que terminaron invariablemente en desastre. La expedición germano-austriaca liderada por Peter Aschenbrenner, un veterano y superviviente de los intentos fracasados de los años treinta, decidió suspender el intento muy cerca de la cima. Olió el peligro. Pero un alpinista llamado Hermann Buhl no. O puede que sí y le diera igual.  Mientras el resto de la expedición volvía al campamento base él siguió hasta la cima. Lo consiguió, aunque tardó más de lo previsto y la noche le alcanzó en plena cumbre. En total oscuridad y en una estrecha cornisa, atado a un pequeño agarre, durmió como pudo a ocho mil metros de altura. Contra todo pronóstico vio salir y sol, y consiguió regresar al campamento base, donde le daban por muerto, cuarenta horas después de dejar la expedición. Hermann Buhl se convirtió en el primer alpinista que coronó un ocho mil sin oxígeno y en solitario.

Antes que él, 31 alpinistas habían muerto intentando llegar a la cima. Seguro que Buhl se acordó de ellos, empezando por Mummery, cuando eligió un nuevo nombre al que añadir a los mucho que ya tenía el monte que acababa de escalar: La Montaña Asesina.

Valar Morghulis.

lunes, 7 de enero de 2013

31 de diciembre de 1942


Durante la Nochevieja, la disciplina en el revitalizado 62º ejército se relajó y, a lo largo de la orilla, los oficiales soviéticos de elevada graduación organizaron una serie de reuniones en honor de los actores, músicos y bailarinas que visitaban Stalingrado para entretener a las tropas. Uno de estos artistas, el violinista Mijail Goldstein, se alejó y se dirigió a las trincheras para llevar a cabo uno de sus conciertos de solista para los soldados.

En toda la guerra, Goldstein nunca había visto un campo de batalla parecido a Stalingrado: una ciudad tan terriblemente destruida por las bombas y la artillería, con montones de esqueletos de centenares de caballos, descarnados por el hambriento enemigo. Y como siempre, también aquí se encontraban los siniestros policías de la NKVD, que permanecían entre la línea del frente y el Volga, comprobando la documentación de los soldados y disparando contra los sospechosos de deserción.

El horrible campo de batalla conmovió a Goldstein y tocó como nunca lo había hecho antes, horas y horas. Y, aunque las obras alemanas habían sido prohibidas por el gobierno, Goldstein dudaba que ningún comisario político protestase durante aquella noche. Sus melodías fueron dirigidas mediante altavoces hacia las trincheras alemanas y, de repente, cesó el tiroteo. En el espectral silencio lo único que se escuchaba era la música que surgía del inclinado arco de violín de Goldstein.

Cuando acabó, el silenció continuó. Desde otro altavoz, situado en territorio alemán, una voz rompió el hechizo. En un vacilante ruso rogó:

-Toquen algo más de Bach. No dispararemos.

Goldstein volvió a tomar su violín y empezó a tocar una viva Gavotte de Bach.


"La batalla de Stalingrado" - William Craig

Guerra


Cada soldado ruso recibía una ración de cien gramos de vodka. La mayor parte de ellos lo esperaban con ansiedad; sólo unos cuantos lo rechazaban. Pero al veterano teniente Ivan Bezditko, "Ivan el Terrible" para sus hombres, le gustaba increíblemente en vodka y halló un medio para tener a su disposición un abundante suministro. Cuando morían los soldados de su batallón, Iván los daba por "presentes y en activo" y se apropiaba de sus raciones diarias de vodka. En poco tiempo el oficial llegó a tener muchos litros, que guardaba celosamente en su propio refugio.

En un depósito a orillas del Volga, un oficial de intendencia llamado Maliguin comprobó sus archivos e informó que la unidad de Bezditko soportaba muy bien semanas de bombardeo en un sector del frente donde las pérdidas eran espantosas. Abrigando sospechas, Maliguin siguió el asunto hasta el final y descubrió que la sección de El Terrible había sufrido el mismo castigo que el resto. Llamó a Bezditko y le dijo que había descubierto su mezquino plan y que iba a informar sobre ello al cuartel general del frente. Luego añadió:

-Queda suprimida su ración de vodka.
Eso era ir demasiado lejos. Bezditko vociferó:
-Si yo no tengo mi vodka, usted tampoco tendrá el suyo.

Maliguin le colgó, dió parte al cuartel general y suprimió las raciones de licor de Iván.

Rabioso, Bezditko preparó las alzas de sus baterías de 122 mm, trazó una precisa red de coordenadas y dio la orden de disparar. Tres salvas cayeron precisamente en lo alto del depósito de Maliguin en la orilla del río. El trastornado comandante salió vivo entre el humo y los escombros. Detrás de él yacían rotas miles de botellas de vodka y su contenido se derramaba por el suelo. Maliguin se arrastró como pudo hacia un teléfono y llamó al cuartel general. Mientras crecía su ira, vomitó lo que sabía que era cierto: que Iván el Terrible había sido el autor de aquella andanada.

Al otro lado de la línea, la voz se esforzaba por ser paciente:

-La próxima vez dele su vodka. Acaba de serle concedida la orden de la Estrella Roja.

Maliguin regresó, lleno de cólera, al almacén, y se quedó de pie mirando los charcos de alcohol. Al cabo de unas horas, el teniente Bezditko recibió sus habituales raciones y Maliguin jamás volvió a interferir en los latrocinios de Ivan el Terrible.

"La batalla de Stalingrado" - William Craig.

domingo, 23 de diciembre de 2012

24 de diciembre de 1914

No hace falta conocer mucho sobre la psicología humana para comprender que hubieran preferido seguir en su pueblo, persiguiendo a las típicas mozas para terminar dándose un revolcón sobre el heno de un pajar cualquiera antes que ser reclutados a la fuerza, deshumanizados tras un duro entrenamiento militar, y terminar enterrados en unas trincheras que ahora era su hogar, muy lejos del suyo real. Un hogar frío y siniestro donde las balas, las granadas, las enfermedades, y sobre todo la estupidez y miseria de sus comandantes que los enviaban a pecho descubierto contra nidos de ametralladoras "por cojones" hacía que murieran por miles de las formas más horrenda posible. Era el destino de cualquier chaval europeo que tuviera la mala suerte de cumplir 18 años en 1914.

Pero un hogar es un hogar, y en navidades un hogar se decora. Y eso se hacía en las trincheras alemanas, muy próximas a las inglesas. Tan próximas que los ingleses podían escuchar con total claridad como cantaban Stille Nacht, que es como se dice en alemán Noche de Paz, entre tiro y tiro y obús y obús. no se puede hacer la guerra cantando villancicos, así que en el lado inglés cesó el tiroteo y la artillería y los soldados también se pusieron a cantar. De repente el campo de batalla cambió el silvar de las balas y el estallido de los obuses por villancicos probablemente mal entonados.

Unos valientes se atrevieron a adentrarse en tierra de nadie para saludarse formalmente con sus "enemigos". Niños igual que ellos. Intercambiaron regalos, raciones, efectos personales. Se dieron la mano, se abrazaron. Bebieron juntos. Rieron. Lloraron. Retiraron los cadáveres de sus camaradas y les dieron sepultura allí mismo, sin importar el bando. Y cada vez más soldados les seguían. Aquello ya no era una batalla. Era una fiesta.




Las llamadas al orden de los oficiales no fueron escuchadas. Por una vez se cumplió eso tan bonito de "imagina que hay una guerra y no vamos nadie". Se organizaron partidos de fútbol y gracias a las cartas de los soldados a sus familiares sabemos de uno en el que los alemanes ganaron a los ingleses 3 a 2. El partido más documentado fue el que jugaron el día de navidad los soldados del 1º batallón de los Fusileros Reales de Gales contra el batallón 371 de infantería alemán. De nuevo la victoria fue para los germanos por 2 a 1. Este partido congregó a más de mil espectadores en tierra de nadie.

Todo el frente se paralizó. Para ponerlo en marcha tanto ingleses como alemanes enviaron una buena cantidad de tropas de la policia militar. Esta vez fueron los oficiales de ambos bandos, que sólo veían la guerra en los mapas, los que colaboraron gustosos. Pasaron un mal trago: la tregua de navidad fue tan generalizada que nada menos que hasta febrero no se recuperó la normalidad bélica, leáse que los gordos generales pudieron volver a jugar matando niños desde la comodidad de sus sillones. Los implicados eran enviados a batallones de castigo mientras la censura militar trataba de borrar este hecho de la historia.

El alto mando inglés y alemán llegaron a un acuerdo para que un fenómeno semejante no se repitiera jamás. Hasta el fin de la guerra el periodo navideño vería los peores bombardeos del conflicto, pero no sobre ningún objetivo real. Se bombardeaba la tierra de nadie, el espacio que separaba las trincheras de unos y otros, para evitar estos encuentros. Consiguieron su objetivo. La guerra continúo con normalidad hasta sumar 10 millones de muertos. Nada aprendido y nada ganado. Todo perdido.


Pero en la nochebuena de 1914, en las trincheras de Bélgica, apareció un espíritu más fuerte que la guerra. Las fronteras desaparecieron, y cuando todos se unieron decidieron no luchar. Como dijo el capitán Blackadder, interpretado por Rowan Atkinson, en el episodio final de la serie Blackadder Goes Forth "se avanzó más en una noche de paz que en dos años y medio de guerra".

domingo, 26 de agosto de 2012

Un pequeño paso

martes, 14 de agosto de 2012

Ley de vida

En el instituto había dos clases de tíos: los frikis que leían a Tolkien y los fuckers que se dedicaban a las tías. Y luego estaba yo, que leía libros de ajedrez. Uno de ellos, quizás el que más me marcó, fue uno llamado "ajedrez de torneo" de David Bronstein. Con un estilo muy directo y fácil, el autor desentrañaba los misterios de las partidas jugadas en el torneo de candidatos de Zurich 1953. Las misteriosas jugadas de Smyslov, Keres, Averbakh, Kotov, Najdorf, Gueller, Euwe, Reshevsky y del propio Bronstein parecen sencillas y lógicas una vez el autor nos explica la idea de las mismas, el plan que están siguiendo.

Y es que el torneo fue impresionante, tanto por la calidad del juego como por el espíritu de lucha que mostraron todos los participantes. Me pareció admirable la determinación de los últimos clasificados y los tremendos esfuerzos que tuvieron que realizar los "buenos" para ganarlos, cosa que no siempre conseguían. Uno de los últimos clasificados fue el ex campeón del mundo Max Euwe, el tipo que le arrebató la corona a Alekhine. Que él fuera el penúltimo de quince participantes da una buena medida del nivel de ese torneo.

De hecho, la victoria de Euwe sobre Gueller es de las más conocidas del torneo. Pero la que más me gustó de todas al reproducirlas fue de un jugador yugoslavo al que hasta entonces apenas había prestado atención, embrujado por la tremenda mezcla de magia y efectividad de los soviéticos. En su partida contra Kotov, con negras, consiguió dominar todo el tablero tras sacrificar dos peones. La partida terminó en tablas tras unos impresionantes malabarismos defensivos del ruso, pero la citada determinación de un jugador que se sabía peor que Kotov y que aún así salió a ganarle me resultó admirable. A partir de entonces empecé a prestar atención a este jugador, y a anotar en mi libreta -sí, porque tenía una libreta donde anotaba las partidas que me molaban. Problem?- cualquier partida suya que cayera en mis manos.

Este jugador se llamaba Svetozar Gligoric y falleció ayer en Belgrado a los 89 años. Con victorias sobre Botwinnik, Smyslov, Fischer, Tal y sobre todo por ser la bestia negra de Tigran Petrosian la palabra leyenda se le queda corta.

domingo, 1 de julio de 2012

20 años

La enfermera se encontró atónita al ver la cama vacía. No encontraba al paciente por ningún lado. Llamó a otra enfermera, y a otra, y a otra, para encontrarlo. Pero no aparecía. Así que informaron, que remedio, a su médico. Éste simplemente levantó el teléfono y envió una ambulancia a donde sabía con toda seguridad que estaba su paciente.

La ambulancia llegó al lugar donde el médico sabía con toda seguridad que estaba su paciente. Los enfermeros bajaron del vehículo y entraron en una sala llena de columnas. Se encontraron con una multitud ovacionando a un viejo que acababa de derrotar a Garry Kasparov, que se alejaba lentamente cabizbajo totalmente ignorado por los espectadores, en el torneo de ajedrez rápido de Moscú. Ninguno de los que aplaúdian, contemplaban al viejo admirado y le pedían autógrafos en el Club Central de Ajedrez de Moscú podían imaginar que Mikhail Tal, que así se llamaba el viejo, acaba de jugar su última partida de ajedrez y que en menos de un mes fallecería.

Mikhail Tal nació con un defecto físico. En su mano derecha tenía tres dedos en lugar de cinco, que utilizaba sobre todo para sostener su perenne cigarrillo. Cuando no fumaba esa mano era ocultada en un bolsillo o debajo de la mesa. Pese a tener dos dedos menos tocaba el piano con soltura y aprovechó esta habilidad para acercarse a la pianista Bella Davidovich y, según las malas lenguas, adornar la frente de su esposa con una cornamenta más.

Simpático, muy amigo de sus amigos, bromista, golfo, algo arrogante, mujeriego, fumador, bebedor, jugador -no sólo de ajedrez-, vividor, amante de la vida, de todo lo que le hacía daño. De salud muy endeble -de muy joven tuvieron que extirparle un riñón- y problemática, que con el tiempo le volvió adicto a la morfina. Dependiente. Ni siquiera se afeitaba él mismo. Nunco tuvo reloj -"¿un artefacto en mi muñeca haciendo tic tic como una bomba?"-, ni coche, ni siquiera una billetera. A lo largo de su vida perdió numerosos vuelos, pasaportes, documentos de todo tipo. Esas cuestiones no le importaban un pimiento. Para él lo primero era divertirse. Y beber vodka. Mucho vodka. Como dijo una vez Viktor Korchnoi, Mikhail Tal ahogó en vodka su talento.

 ¿Y cual era su talento?

Su talento era crear posiciones, citando a él mismo, donde dos y dos suman cinco. Era único creando complicaciones, entramados tácticos incontrolables. Posiciones locas donde dos caballos valen más que una dama. Eso que ahora se llama dinamismo. Entonces se llamaba, simplemente, Mikhail Tal.

"Para algunos, la brillantez ajedrecística es el triunfo de la lógica. Una partida excelente, en su opinión, es una maravillosa construcción clásica de proporciones impecables, en la que cada elemento, cada ladrillo, permanece en su sitio. Aunque, a menudo, también yo me he visto obligado a ganar partidas puramente posicionales, me siento más atraído por el triunfo de lo ilógico, lo irracional y lo absurdo: una lucha feroz tiene lugar en el tablero, sometida a alguna idea, una lucha por ejecutar los planes respectivos, pero el desenlace se produce por un pequeño peón, que no tiene nada que ver con el motivo principal del drama. Por expresarlo en lenguaje matemático, en ajedrez prefiero el lado de un triángulo rectángulo que resulta ser más largo que la hipotenusa." 
 
 Su ascenso fue tan meteórico que las reglas federativas tuvieron que adaptarse a él. Nadie se lo creía cuando ganó el campeonato de la URSS en 1956, con sólo 20 años. No había jugado todavía torneos internacionales, pero el nivel del campeonato de la URSS estaba a años luz de distancia de cualquier otro, así que deprisa y corriendo hubo que organizar una sesión extraordinaria para darle el título de Gran Maestro. No todos estaban de acuerdo. Todas sus víctimas tenían la partida ganada, pero la perdieron por "mala suerte". Todos mostraron, en los análisis posteriores, como ganaban las partidas. Pero ni uno sólo encontró las jugadas sobre el tablero.

Cuando al año siguiente volvió a ganar. Y volvería a ganar cuatro veces más, hasta seis. Y ganó el torneo de candidatos en 1959, lo que le daba derecho a jugar por el campeonato del mundo contra Mikhail Botwinnik. Este, un apóstol de la lógica, acaba perdiendo los nervios ante el irracional, en apariencia, juego de Tal. Y también pierde el título. Mikhail Tal es Campeón del Mundo.

Su preparador, el gran Alexander Koblenz, le advirtió que Botwinnik cambiaría su forma de jugar para adaptarse a la suya, y que en consecuencia debía prepararse para ello. Jamás, respondió Tal. En el match de revancha Botwinnik no da opción y recupera su corona. Fue el campeón del mundo más joven -hasta Kasparov- y el que menos tiempo retuvo la corona. Pero eso no le importaba tampoco. No era por eso por lo que jugaba.

Porque Mikhail Tal jugaba al ajedrez, simplemente, por el ajedrez. Era un fanático, pero no del tipo de Alekhine, estudioso, teórico, analista. Era un jugador compulsivo de ajedrez y sólo le interesaba jugar. Lo mismo le daba jugar un campeonato del mundo que contra unos aficionados en un parque. Y aunque no volvió a disputar un campeonato del mundo, siguió estando entre los mejores hasta su muerte.

Tigran Petrosian, el campeón del mundo que tomó el relevo a Botwinnik y con el que Tal mantuvo duras batallas no ocultaba su admiración.  

"Un genio del ajedrez es alguien adelantado a su tiempo, pero esto sólo puede verse luego, mirando atrás. Desde este punto de vista, pocos pueden ser calificados de genios. Morphy, Steinitz... También Tal. El gran maestro de Riga introdujo en el ajedrez algo que no fue plenamente entendido por sus contemporáneos. Lamentablemente, hemos tenido demasiado pronto la oportunidad de mirar atrás con admiración, de contemplar el extraordinario juego de Tal en su plenitud."

Mikhail Nejemievich Tal murió hace ahora 20 años en ese mismo hospital de Moscú del que se escapaba para jugar al ajedrez.


La última partida de Tal
El hipnotizador...
Cuando no podía escaparse para jugar, el ajedrez venía a jugar con él. En este caso, Curaçao 1962, traído por el mismísimo Bobby Fischer (por cierto, 4-2 para Tal)
 


martes, 5 de junio de 2012

Mr. Trololo

Todos los que me leen, seguro, lo han visto: un señor trajeado que canta trolololó lolo trololo sin perder la sonrisa en ningún momento. Sí, un meme de internet ¿Pero quién es este tío?

Su nombre era Eduard Khil y era natural de Smolensko, en el momento de su nacimiento URSS. Nacido en 1936, tuvo la infancia habitual en esos tiempos y esas tierras: guerra de exterminio, bombardeos, ejecuciones. Evacuado y separado de su madre y vuelto a evacuar según avanzaban los alemanes. Todo en esta vida termina tarde o temprano, y la guerra no es una excepción. Se reencuentra con su madre en plan Marco y se van a vivir a Leningrado, donde estudia en el conservatorio y se pone a cantar por las calles para ganarse unos rublos.

Cuando termina el conservatorio empieza a ir a concursos de canto en plan operación triunfo pero en marxista-leninista y los gana todos, el tío. Incluso va al equivalente del Pacto de Varsovia del festival de Eurovisión (que se llamaba Intervision nada menos) y queda segundo, cosa que no sé si es mucho o poco, pero bueno. El caso es que se hace muy popular, sobre todo en Leningrado y disfruta de una larga carrera cantando. Y para los que se ríen de su jeta que sepan que llegó a casarse con una bailarina cachonda y hasta le llegan a dar una condecoración, nada menos que la Orden de Lenin al Mérito del Trabajo, supongo que  por sus méritos musicales y no por su trabajo con la bailarina.

Su estilo es fácilmente reconocible, y no varía mucho de lo que han visto ustedes. Música alegre y el hombre este cantando con una amplia sonrisa, voz poderosa pero -dicen en Rusia- cálida y también destaca las letras de sus canciones, en general cargadas de optimismo y sentido del humor.

No es el caso de trololó, cuya letra no está cargada de nada. El mérito de las letras no era de Mr. Trololó, que sólo cantaba. Un tal Lev Oshanin escribía las letras, y otro tal Arkadi Ostrovsky escribía la música ¿y como perpetraron esta canción? Bueno, originalmente esta canción versaba sobre un cowboy de Kentucky que regresa al hogar tras un largo día marcando reses, matando indios y esas cosas que hacen los cowboys. Hoy he escuchado, en el telediario de una cadena que no voy a nombrar, que la censura soviética prohibió el tema, pero no es cierto. Periodismo de Kalidad, sí. Pero no fue así.

Lo que sucedió fue que mientras estaban trabajando en el tema al citado letrista le entró un ataque de ego y se atribuyó todo el éxito de Mr. Trololó, diciendo al resto del grupo que el mérito era sólo suyo y que si pusieran a un pavo cualquiera a cantar sin música el éxito sería el mismo. Se le fue la cabeza, en efecto, y como el resto de los implicados no estaba de acuerdo con esta valoración el letrista en cuestión monta en colera, se cabrea, se niega a respirar y a terminar la letra. Sin la letra del último tema que les faltaba para terminar el álbum, con el único que podía escribirla en pleno brote psicótico-megalómano y con unos plazos que cumplir para acabar el disco, cantante y compositor tuvieron que improvisar.

Quedó claro que escribir letras de canciones no era el fuerte de nuestros dos héroes, y de hecho no volvieron a repetir la aventura. La historia acaba bien, terminan el disco y hacen las paces con el letrista loco ese, algo así como la versión rusa de Larry David, y hala, a seguir. La canción esta no pasó de ser una mera canción de relleno por cumplir unos plazos de entrega. Y así siguió hasta 2009, cuando no sé sabe muy bien como la canción se hace popular en youtube y se convierte en el meme que todos conocemos.

E incluso la página web http://trololololololololololo.com/ incluyó durante un tiempo una petición para que Eduard Khil, ya retirado desde hacía mucho, volviera en plan Leonard Cohen e hiciera una gira mundial.

¿Y que dijo Eduard Khil?

Pues tras extrañarse en un principio y decir que no entendía como esa canción pudiera gustar a nadie, se adaptó pronto a su renovada fama y no se puede decir que sufriera por ello. Aunque declinó la invitación de sus nuevos fans, el hombre estaba encantado de volver a firmar autógrafos y hacerse fotos por las calles de, ahora, San Petersburgo.

Y así hasta hoy, día en el que Mr. Trololó nos ha dejado para cantarle a Caronte. Que el viento solar te sea favorable. Como dijeron en Star Trek II cuando muere Spock, su muerte tiene lugar a la sombra de una nueva vida. Él no está realmente muerto si encontramos una manera de recordarlo.

Que triste cuando muere Spock.