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lunes, 7 de enero de 2013

31 de diciembre de 1942


Durante la Nochevieja, la disciplina en el revitalizado 62º ejército se relajó y, a lo largo de la orilla, los oficiales soviéticos de elevada graduación organizaron una serie de reuniones en honor de los actores, músicos y bailarinas que visitaban Stalingrado para entretener a las tropas. Uno de estos artistas, el violinista Mijail Goldstein, se alejó y se dirigió a las trincheras para llevar a cabo uno de sus conciertos de solista para los soldados.

En toda la guerra, Goldstein nunca había visto un campo de batalla parecido a Stalingrado: una ciudad tan terriblemente destruida por las bombas y la artillería, con montones de esqueletos de centenares de caballos, descarnados por el hambriento enemigo. Y como siempre, también aquí se encontraban los siniestros policías de la NKVD, que permanecían entre la línea del frente y el Volga, comprobando la documentación de los soldados y disparando contra los sospechosos de deserción.

El horrible campo de batalla conmovió a Goldstein y tocó como nunca lo había hecho antes, horas y horas. Y, aunque las obras alemanas habían sido prohibidas por el gobierno, Goldstein dudaba que ningún comisario político protestase durante aquella noche. Sus melodías fueron dirigidas mediante altavoces hacia las trincheras alemanas y, de repente, cesó el tiroteo. En el espectral silencio lo único que se escuchaba era la música que surgía del inclinado arco de violín de Goldstein.

Cuando acabó, el silenció continuó. Desde otro altavoz, situado en territorio alemán, una voz rompió el hechizo. En un vacilante ruso rogó:

-Toquen algo más de Bach. No dispararemos.

Goldstein volvió a tomar su violín y empezó a tocar una viva Gavotte de Bach.


"La batalla de Stalingrado" - William Craig

Guerra


Cada soldado ruso recibía una ración de cien gramos de vodka. La mayor parte de ellos lo esperaban con ansiedad; sólo unos cuantos lo rechazaban. Pero al veterano teniente Ivan Bezditko, "Ivan el Terrible" para sus hombres, le gustaba increíblemente en vodka y halló un medio para tener a su disposición un abundante suministro. Cuando morían los soldados de su batallón, Iván los daba por "presentes y en activo" y se apropiaba de sus raciones diarias de vodka. En poco tiempo el oficial llegó a tener muchos litros, que guardaba celosamente en su propio refugio.

En un depósito a orillas del Volga, un oficial de intendencia llamado Maliguin comprobó sus archivos e informó que la unidad de Bezditko soportaba muy bien semanas de bombardeo en un sector del frente donde las pérdidas eran espantosas. Abrigando sospechas, Maliguin siguió el asunto hasta el final y descubrió que la sección de El Terrible había sufrido el mismo castigo que el resto. Llamó a Bezditko y le dijo que había descubierto su mezquino plan y que iba a informar sobre ello al cuartel general del frente. Luego añadió:

-Queda suprimida su ración de vodka.
Eso era ir demasiado lejos. Bezditko vociferó:
-Si yo no tengo mi vodka, usted tampoco tendrá el suyo.

Maliguin le colgó, dió parte al cuartel general y suprimió las raciones de licor de Iván.

Rabioso, Bezditko preparó las alzas de sus baterías de 122 mm, trazó una precisa red de coordenadas y dio la orden de disparar. Tres salvas cayeron precisamente en lo alto del depósito de Maliguin en la orilla del río. El trastornado comandante salió vivo entre el humo y los escombros. Detrás de él yacían rotas miles de botellas de vodka y su contenido se derramaba por el suelo. Maliguin se arrastró como pudo hacia un teléfono y llamó al cuartel general. Mientras crecía su ira, vomitó lo que sabía que era cierto: que Iván el Terrible había sido el autor de aquella andanada.

Al otro lado de la línea, la voz se esforzaba por ser paciente:

-La próxima vez dele su vodka. Acaba de serle concedida la orden de la Estrella Roja.

Maliguin regresó, lleno de cólera, al almacén, y se quedó de pie mirando los charcos de alcohol. Al cabo de unas horas, el teniente Bezditko recibió sus habituales raciones y Maliguin jamás volvió a interferir en los latrocinios de Ivan el Terrible.

"La batalla de Stalingrado" - William Craig.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Utopía

En el año 1516 un tal Tomás Moro publicó un libro llamado Utopia. En él mostraba lo fácil que era crear una sociedad donde reinara la justicia universal, y también mostraba las consecuencias. Moro describe una sociedad donde la propiedad privada no existe y cualquier elemento de la vida de sus ciudadanos está controlada por el estado. El estado de Utopía está aislado del mundo, y de hecho era una península que se convirtió en isla tras una obra monumental que involucró a toda la población. Utopía es un estado policial donde se fomenta la vigilancia entre ciudadanos, y como no existe la propiedad privada nadie posee su propia casa, que son propiedad estatal, lo que permite a la policía o a los chivatos de la poli entrar en ellas cuando quieran para controlar lo que se cuece.

Pues sí, Moro lo clavó, pero lo interesante del caso es como hacía Utopía la guerra. Todas las guerras que emprendía Utopía, sin excepción, eran en defensa propia y, por supuesto, para liberar a otros pueblos de la opresión. Moro describe también como gana Utopía esas "guerras de liberación". Cuando empieza la batalla, un grupo de soldados especialmente seleccionados y entrenados duramente, armados con largas espadas, se infiltraban detrás de la línea de frente, buscaban el cuartel general enemigo donde estaba el rey rival y lo capturaban o asesinaban, según convenía. En el siglo XX esto se ha llamado operaciones de decapitación.

martes, 6 de marzo de 2012

De palas y soldados

Cada soldado soviético recibía nada más empezar su servicio una pequeña pala. Cuando el oficial a su mando lo consideraba necesario les ordenaba cavar. En tres minutos debían ser capaces de hacer un agujero en el suelo lo bastante grande como para poder esconderse en él, con la tierra excavada formando un pequeño parapeto que también servía de camuflaje. Si un tanque les pasaba por encima tenían un 50% de posibilidades de sobrevivir -compárese con el 0% si les pasaba sin estar enterrados-. En cualquier momento su oficial les podía ordenar avanzar, pero mientra no lo hacía el soldado seguía cavando hasta formar una mini trinchera desde la cual podía disparar. Así hasta que los ordenaran avanzar a otra posición y cavar un nuevo agujero.

Pero había otra clase de soldados que no cavaban y usaban la pala de otra manera. En sus manos, la pala se convertía en un arma silenciosa y precisa que servía para matar en total silencio. La pala reglamentaria del ejército soviético medía -y en la del ruso, ucraniano y demás ex-soviéticos sigue igual- 50 centímetros de largo, con una hoja que medía -mide- 15 centímetros de ancho y 18 de largo, lo que da mayor alcance que el tradicional cuchillo y más precisión que el también tradicional cuchillo balístico. Esa clase de soldados mataba -mata- con un golpe seco de la hoja de la pala en el cuello. Esa clase de soldados tenía la misión de operar tras las líneas enemigas en total silencio, por lo que la pala se convirtió en su arma principal, por delante de su Kalashnikov.  La guerra en PepeMusic FM.