La principal razón por la que José Luis tenía tanta fe en su proyecto fue por una escena que vio en un mercadillo londinense. Un chaval sentado delante de un ZX80, un televisor en blanco y negro mirando al público. Un padre detrás con un caja con cien cintas de audio de toda la vida. El chaval se pone a jugar delante de todo el mundo a un juego que él mismo ha programado. José Luis no entiende un pito, algo de un muñequito saltando de plataforma en plataforma. En apenas tres horas vendieron las cien copias.
Los primeros ZX81 que llegaron a España lo hicieron vía Investrónica, como hemos dicho antes, y se vendieron a través de El Corte Inglés. Con ellos llegaron unas pocas unidades del modelo anterior. Fue realmente una revolución, ya que fue el primer ordenador que podía comprar una familia de clase media sin arruinarse. Pero sus compradores se enfrentaban al problema de la ausencia, que no escasez, de software que correr en esas máquinas. Esto limitó mucho sus ventas, porque el único público que tenía era el del chaval pesado que quería una máquina para aprender a programar (juegos). Desde luego no había juegos que comprar, y las publicaciones eran (todavía) muy escasas. El resultado fue que las ventas no llegaron al nivel que El Corte Inglés esperaba.
José Luis conocía bien el problema, era -a otra escala, desde luego- lo mismo que le pasó con el Acorn Atom. Así que volvió a Londres y llegó a acuerdos con Artic, Bug Byte y Quicksilva para traer sus juegos a España. Al regreso se presentó en las oficinas de El Corte Inglés con un amplio catálogo de juegos que le compraron no sin recelo y tras dudar mucho. Pero el recelo y las dudas se terminaron cuando las ventas del ZX81 se dispararon. Y con ellas, los juegos desaparecían de las estanterías.
Exitazo, pero podía ser aún mejor. Traído directamente de Inglaterra naturalmente la documentación y el propio juego estaban en la lengua de Shakespeare, lo que podía ser un obstáculo para el futuro. Así que El Corte Inglés le preguntó a José Luis si era posible traducirlos. La ocasión la pintan calva, y bajo el paraguas de los pedidos sin fin que le hacía esos tan repetidos grandes almacenes fundó su propia empresa: Investigación y Desarrollo de Computadoras. Muy largo. Indescomp suena más chic y moderno.
Y llegaron pedidos y pedidos. Y después más pedidos. Los dos programadores que contrató inicialmente quedaron desbordados. Hacían falta más para navegar entre los ceros y unos de los juegos para traducir los textos. Así que público un anuncio en la prensa para reclutar sangre nueva y que la gallina de los huevos de oro no dejara de poner.
Como respuesta a este anuncio les llegó una cinta remitida desde Badajoz. Tras el load "" y la espera, los ingenieros se quedaron alucinados con el juego que acababan de recibir. José Luis no entendió nada cuando se lo enseñaron.
martes, 13 de noviembre de 2012
domingo, 11 de noviembre de 2012
La edad de oro (I)
José Luis Domínguez no era una persona que llamara la atención excesivamente. Barbudo, con cierto sobrepeso, voz muy grave, siempre trajeado debido a su trabajo de vendedor puerta a puerta. En aquellos primeros 80 no existían llamadas pesadas a la hora de la siesta para venderte lo último en interné, como ahora, no: el vendedor venía directamente a tu casa. Y te vendía de todo: desde las clásicas enciclopedias hasta seguros de vida, pasando por un cursos de idiomas.
Precisamente era un curso de inglés lo que más vendía José Luis, y para darle mayor fuerza se le ocurrió una idea peregrina: darle interactividad al curso utilizando el televisor, donde saldrían letras, frases en plan test o similar. José Luis tenía la idea. Pero no sabía si técnicamente era posible, así queni corto ni perezoso se personó en la Escuela de Ingenieros de Telecomunicaciones. Le dijeron que en Inglaterra había un ordenador de bajo precio que podía hacerlo, llamado Sinclair ZX80, pero que no se distribuía en España. Las demás opciones salían muy caras.
José Luis vio negoció ahí. Un ordenador personal asequible era una novedad absoluta en España, y se podía forrar si se hacía con la distribución del invento. Así que se olvidó de sus cursos de inglés, y sin pensárselo dos veces se plantó en Inglaterra con un interpréte argentino, ya que como era de esperar nuestro héroe no hablaba ni papa de inglés, con el objetivo de convencer a Sir Clive Sinclair, padre de la criatura, de lo fructífero que sería desembarcar en el virgen mercado español.
Sir Clive Sinclair era un hombre delgado, de barba cuidada y recortada que calzaba unas enorme gafas modelo Rappel y que no quiso saber nada del tal José Luis, o mejor dicho de su intérprete, que llamaba todos los días a su oficina para tratar de concertar una cita. Nunca se la dio, además ya había llegado a un trato con Investrónica, una extraña empresa que era proveedor del ejército español, para entrar en España con su último invento: el ZX81.
Pero José Luis no iba a volver de su aventura con las manos vacías. Acudió a la competencia de Sinclair, Acorn(*) y compró 50 unidades de su último módelo, el Atom. Con ellas volvió a España y montó una tienda, pero no vendió ni una sola unidad. El Acorn Atom de José Luis Domínguez fracasó porque era imposible adquirir en España ningún programa para esta plataforma. Sencillamente, no servían para nada, sólo para programar. Y nadie de a pie sabía programar.
Tuvo que cerrar la tienda, pero inasequible al desaliento realizó una lista con nombres y direcciones de ingenieros e investigadores de todo tipo, se plantó en sus casas y les ofreció la máquina como "una revolucionaria supercalculadora científica programable" a precio muy bajo, y vendió las cincuenta. Perdió dinero con el negocio, pero aprendió a las malas una importante lección: ningún ordenador triunfará sin tener una buena biblioteca de software detrás.
Entonces, se dijo, seré yo el que haga ese software.
* La CPU de tu móvil está diseñada por esta gente. Aunque ahora la empresa se llama ARM.
Precisamente era un curso de inglés lo que más vendía José Luis, y para darle mayor fuerza se le ocurrió una idea peregrina: darle interactividad al curso utilizando el televisor, donde saldrían letras, frases en plan test o similar. José Luis tenía la idea. Pero no sabía si técnicamente era posible, así queni corto ni perezoso se personó en la Escuela de Ingenieros de Telecomunicaciones. Le dijeron que en Inglaterra había un ordenador de bajo precio que podía hacerlo, llamado Sinclair ZX80, pero que no se distribuía en España. Las demás opciones salían muy caras.
![]() |
| Esto es un ZX80. Tenía un procesador de 8 bits (el Zilog Z80) funcionando a 3 Mhz y 1 Kb (sí, 1024 bytes) de memoria RAM. |
José Luis vio negoció ahí. Un ordenador personal asequible era una novedad absoluta en España, y se podía forrar si se hacía con la distribución del invento. Así que se olvidó de sus cursos de inglés, y sin pensárselo dos veces se plantó en Inglaterra con un interpréte argentino, ya que como era de esperar nuestro héroe no hablaba ni papa de inglés, con el objetivo de convencer a Sir Clive Sinclair, padre de la criatura, de lo fructífero que sería desembarcar en el virgen mercado español.
Sir Clive Sinclair era un hombre delgado, de barba cuidada y recortada que calzaba unas enorme gafas modelo Rappel y que no quiso saber nada del tal José Luis, o mejor dicho de su intérprete, que llamaba todos los días a su oficina para tratar de concertar una cita. Nunca se la dio, además ya había llegado a un trato con Investrónica, una extraña empresa que era proveedor del ejército español, para entrar en España con su último invento: el ZX81.
Pero José Luis no iba a volver de su aventura con las manos vacías. Acudió a la competencia de Sinclair, Acorn(*) y compró 50 unidades de su último módelo, el Atom. Con ellas volvió a España y montó una tienda, pero no vendió ni una sola unidad. El Acorn Atom de José Luis Domínguez fracasó porque era imposible adquirir en España ningún programa para esta plataforma. Sencillamente, no servían para nada, sólo para programar. Y nadie de a pie sabía programar.
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| Un Atom de los de antes... |
Tuvo que cerrar la tienda, pero inasequible al desaliento realizó una lista con nombres y direcciones de ingenieros e investigadores de todo tipo, se plantó en sus casas y les ofreció la máquina como "una revolucionaria supercalculadora científica programable" a precio muy bajo, y vendió las cincuenta. Perdió dinero con el negocio, pero aprendió a las malas una importante lección: ningún ordenador triunfará sin tener una buena biblioteca de software detrás.
Entonces, se dijo, seré yo el que haga ese software.
* La CPU de tu móvil está diseñada por esta gente. Aunque ahora la empresa se llama ARM.
domingo, 26 de agosto de 2012
Un pequeño paso
Pongámonos
en su piel. Estamos en una nave espacial descendiendo hacia la
superficie lunar tan ricamente cuando comprobamos que algo ha fallado en
el ordenador que controla el alunizaje: nos dirige hacía un oscuro
cráter donde nos espera la muerte. No sólo eso, de repente empiezan a
encenderse luces rojas y en la pantalla vemos el siguiente mensaje:
error 1202 ¿que diablos significa un eso? Houston, tenemos un problema, error 1202!
Pero en Houston tampoco lo sabían. En miles de pruebas el ordenador nunca había dado ese error. Hubo que sacar el manual del ordenador para saber que era eso. Mientras en Houston se sucedían las carreras y los gritos, nuestro héroe cambió el programa de automático a semiautomático, con control manual sobre la horizontal, y alejo el Eagle del mortal cráter hacia una zona más segura, y con el ojo puesto en un aborto de misión. Pero para eso necesitaba saber que era un error 1202.
Les llegó la respuesta. El ordenador estaba recibiendo más información de la que podía manejar, pero no era un error crítico. El descenso podía seguir de forma manual. Como si se tratara de pilotos de rally, Buzz Aldrin "cantaba" los datos del radar de alunizaje, velocidad y altura, y Neil dirigiría la nave hacia el lugar despejado que habían elegido.
"Houston, aquí Base Tranquilidad. Eagle ha aterrizado". El 20 de julio de 1969, a las 20:17 UTC, la humanidad culminó la hazaña de salir de la tierra y llegar a otro mundo.
El 25 de agosto de 2012 Neil Armstrong, el piloto del Eagle, el que dio un pequeño paso, volvió a salir de la tierra, esta para una misión permanente. Que el viento solar te sea favorable.
Pero en Houston tampoco lo sabían. En miles de pruebas el ordenador nunca había dado ese error. Hubo que sacar el manual del ordenador para saber que era eso. Mientras en Houston se sucedían las carreras y los gritos, nuestro héroe cambió el programa de automático a semiautomático, con control manual sobre la horizontal, y alejo el Eagle del mortal cráter hacia una zona más segura, y con el ojo puesto en un aborto de misión. Pero para eso necesitaba saber que era un error 1202.
Les llegó la respuesta. El ordenador estaba recibiendo más información de la que podía manejar, pero no era un error crítico. El descenso podía seguir de forma manual. Como si se tratara de pilotos de rally, Buzz Aldrin "cantaba" los datos del radar de alunizaje, velocidad y altura, y Neil dirigiría la nave hacia el lugar despejado que habían elegido.
"Houston, aquí Base Tranquilidad. Eagle ha aterrizado". El 20 de julio de 1969, a las 20:17 UTC, la humanidad culminó la hazaña de salir de la tierra y llegar a otro mundo.
El 25 de agosto de 2012 Neil Armstrong, el piloto del Eagle, el que dio un pequeño paso, volvió a salir de la tierra, esta para una misión permanente. Que el viento solar te sea favorable.
martes, 14 de agosto de 2012
Ley de vida
En el instituto había dos clases de tíos:
los frikis que leían a Tolkien y los fuckers que se dedicaban a las
tías. Y luego estaba yo, que leía libros de ajedrez. Uno de ellos,
quizás el que más me marcó, fue uno llamado "ajedrez de torneo" de David
Bronstein. Con un estilo muy directo y fácil, el autor desentrañaba los
misterios de las partidas jugadas en el torneo de candidatos de Zurich
1953. Las misteriosas jugadas de Smyslov, Keres, Averbakh, Kotov,
Najdorf, Gueller, Euwe, Reshevsky y del propio Bronstein parecen
sencillas y lógicas una vez el autor nos explica la idea de las mismas,
el plan que están siguiendo.
Y es que el torneo fue impresionante, tanto por la calidad del juego como por el espíritu de lucha que mostraron todos los participantes. Me pareció admirable la determinación de los últimos clasificados y los tremendos esfuerzos que tuvieron que realizar los "buenos" para ganarlos, cosa que no siempre conseguían. Uno de los últimos clasificados fue el ex campeón del mundo Max Euwe, el tipo que le arrebató la corona a Alekhine. Que él fuera el penúltimo de quince participantes da una buena medida del nivel de ese torneo.
De hecho, la victoria de Euwe sobre Gueller es de las más conocidas del torneo. Pero la que más me gustó de todas al reproducirlas fue de un jugador yugoslavo al que hasta entonces apenas había prestado atención, embrujado por la tremenda mezcla de magia y efectividad de los soviéticos. En su partida contra Kotov, con negras, consiguió dominar todo el tablero tras sacrificar dos peones. La partida terminó en tablas tras unos impresionantes malabarismos defensivos del ruso, pero la citada determinación de un jugador que se sabía peor que Kotov y que aún así salió a ganarle me resultó admirable. A partir de entonces empecé a prestar atención a este jugador, y a anotar en mi libreta -sí, porque tenía una libreta donde anotaba las partidas que me molaban. Problem?- cualquier partida suya que cayera en mis manos.
Este jugador se llamaba Svetozar Gligoric y falleció ayer en Belgrado a los 89 años. Con victorias sobre Botwinnik, Smyslov, Fischer, Tal y sobre todo por ser la bestia negra de Tigran Petrosian la palabra leyenda se le queda corta.
Y es que el torneo fue impresionante, tanto por la calidad del juego como por el espíritu de lucha que mostraron todos los participantes. Me pareció admirable la determinación de los últimos clasificados y los tremendos esfuerzos que tuvieron que realizar los "buenos" para ganarlos, cosa que no siempre conseguían. Uno de los últimos clasificados fue el ex campeón del mundo Max Euwe, el tipo que le arrebató la corona a Alekhine. Que él fuera el penúltimo de quince participantes da una buena medida del nivel de ese torneo.
De hecho, la victoria de Euwe sobre Gueller es de las más conocidas del torneo. Pero la que más me gustó de todas al reproducirlas fue de un jugador yugoslavo al que hasta entonces apenas había prestado atención, embrujado por la tremenda mezcla de magia y efectividad de los soviéticos. En su partida contra Kotov, con negras, consiguió dominar todo el tablero tras sacrificar dos peones. La partida terminó en tablas tras unos impresionantes malabarismos defensivos del ruso, pero la citada determinación de un jugador que se sabía peor que Kotov y que aún así salió a ganarle me resultó admirable. A partir de entonces empecé a prestar atención a este jugador, y a anotar en mi libreta -sí, porque tenía una libreta donde anotaba las partidas que me molaban. Problem?- cualquier partida suya que cayera en mis manos.
Este jugador se llamaba Svetozar Gligoric y falleció ayer en Belgrado a los 89 años. Con victorias sobre Botwinnik, Smyslov, Fischer, Tal y sobre todo por ser la bestia negra de Tigran Petrosian la palabra leyenda se le queda corta.
martes, 24 de julio de 2012
Las Dos Preguntas
De repente, alzó la vista y lo vio. Arriba, en el techo, tenemos a un ser boca abajo, sujetado por sus patitas, quieto, como si nada fuera con él. Abajo, en el suelo, tenemos a un ser humano adulto de sexo masculino paralizado, sin saber que hacer ni como reaccionar. El problema, desde luego, no podía ser ignorado. El ser humano no podía seguir con las tareas que desarrollaba en la habitación, las que fueran, sabiendo que el ser estaba en el techo.
El humano decidió que el ser debía ser eliminado. Aunque no representaba, desde luego, una amenaza directa contra la vida del humano, su presencia le horrorizaba y condicionaba su existencia. Pero no estaba a su alcance directo, no podía matarlo de un zapatillazo. Pensó en una escoba. Una escoba podría alcanzarlo. Pero entonces se hizo La Pregunta, La Pregunta cuya respuesta afirmativa significaba el terror absoluto ¿y si vuela?
Iría a la guerra química: insecticida. Aunque aquello significara fumigar la habitación y parte del pasillo, no importaba. La muerte del ser era prioridad número uno en este momento preciso. El humano, tan adaptable y con millones de años de evolución detrás, perfectamente podía soportar una noche en el sofá.
Comprobó con horror al abrir el armario que había que ser más previsor a la hora de hacer la compra. La falta de insecticida provocó varios exabruptos y maldiciones, pero el humano no se rendiría. Lucharía por lo que es suyo: su habitación.
El ser seguía allí, en el techo. No se había movido en ningún momento, totalmente ajeno a los planes para eliminarlo que estaba maquinando el ser humano adulto de sexo masculino que tenía delante mirándolo. Se desperezó moviendo las antenas y se movió unos pasitos hacia la ventana, lo que provocó un salto hacia atrás del ser humano que, escoba en mano, trataba de luchar contra La Pregunta para reunir el valor que le permitiera dar una estocada mortal o, al menos, una lo bastante potente como para bajarlo del techo y aplastarlo de un pisotón.
El ser respondió La Pregunta afirmativamente, provocando el pánico en el ser humano adulto que, gritando como una niña, tiró la escoba al suelo y salió corriendo de la habitación. El pánico se convirtió en pavor cuando comprobó que el ser había sido más rápido que él al cerrar la puerta y le había seguido hasta el pasillo.
El ser humano adulto, corriendo y jadeando, volvió a la habitación e hizo lo único racional que podía hacer en esa situación: meterse en la cama y taparse hasta la cabeza. Cuando se destapó ligeramente para ver lo que estaba pasando, el ser estaba dando saltos de una pared a otra. De repente, el ser decidió que en esa habitación no había nada de interés y se marchó por la ventana.
El ser humano, dando un grito de júbilo, cerró la ventana a toda prisa y, aliviado, se tumbó en la cama destapado. Sintió como su respiración se relentizaba, su pulso descendía, sus músculos se relajaban. Y al poco, sintió calor. Mucho calor. No era agosto el mejor mes para dormir con la ventana cerrada. Enfrentado a su nueva problemática, el ser humano se dirigió al comedor donde tenía un viejo ventilador. Abrir de nuevo la ventana significaba enfrentarse a La Otra Pregunta: ¿y si vuelve?
Los plomos saltaron tras el chispazo que provocó darle al botón de encendido. Un olor a cobre, o lo que sea, quemado inundó la habitación. Hacía mucha calor. Olía mal. La Otra Pregunta.
Cerró la habitación y durmió en el sofá el resto del verano.
El humano decidió que el ser debía ser eliminado. Aunque no representaba, desde luego, una amenaza directa contra la vida del humano, su presencia le horrorizaba y condicionaba su existencia. Pero no estaba a su alcance directo, no podía matarlo de un zapatillazo. Pensó en una escoba. Una escoba podría alcanzarlo. Pero entonces se hizo La Pregunta, La Pregunta cuya respuesta afirmativa significaba el terror absoluto ¿y si vuela?
Iría a la guerra química: insecticida. Aunque aquello significara fumigar la habitación y parte del pasillo, no importaba. La muerte del ser era prioridad número uno en este momento preciso. El humano, tan adaptable y con millones de años de evolución detrás, perfectamente podía soportar una noche en el sofá.
Comprobó con horror al abrir el armario que había que ser más previsor a la hora de hacer la compra. La falta de insecticida provocó varios exabruptos y maldiciones, pero el humano no se rendiría. Lucharía por lo que es suyo: su habitación.
El ser seguía allí, en el techo. No se había movido en ningún momento, totalmente ajeno a los planes para eliminarlo que estaba maquinando el ser humano adulto de sexo masculino que tenía delante mirándolo. Se desperezó moviendo las antenas y se movió unos pasitos hacia la ventana, lo que provocó un salto hacia atrás del ser humano que, escoba en mano, trataba de luchar contra La Pregunta para reunir el valor que le permitiera dar una estocada mortal o, al menos, una lo bastante potente como para bajarlo del techo y aplastarlo de un pisotón.
El ser respondió La Pregunta afirmativamente, provocando el pánico en el ser humano adulto que, gritando como una niña, tiró la escoba al suelo y salió corriendo de la habitación. El pánico se convirtió en pavor cuando comprobó que el ser había sido más rápido que él al cerrar la puerta y le había seguido hasta el pasillo.
El ser humano adulto, corriendo y jadeando, volvió a la habitación e hizo lo único racional que podía hacer en esa situación: meterse en la cama y taparse hasta la cabeza. Cuando se destapó ligeramente para ver lo que estaba pasando, el ser estaba dando saltos de una pared a otra. De repente, el ser decidió que en esa habitación no había nada de interés y se marchó por la ventana.
El ser humano, dando un grito de júbilo, cerró la ventana a toda prisa y, aliviado, se tumbó en la cama destapado. Sintió como su respiración se relentizaba, su pulso descendía, sus músculos se relajaban. Y al poco, sintió calor. Mucho calor. No era agosto el mejor mes para dormir con la ventana cerrada. Enfrentado a su nueva problemática, el ser humano se dirigió al comedor donde tenía un viejo ventilador. Abrir de nuevo la ventana significaba enfrentarse a La Otra Pregunta: ¿y si vuelve?
Los plomos saltaron tras el chispazo que provocó darle al botón de encendido. Un olor a cobre, o lo que sea, quemado inundó la habitación. Hacía mucha calor. Olía mal. La Otra Pregunta.
Cerró la habitación y durmió en el sofá el resto del verano.
domingo, 8 de julio de 2012
Prva Liga 82/83
Nadie contaba con ellos. El año anterior no habían superado el 50% de victorias. Siempre había sido un equipo de media tabla para abajo que luchaba por mantener la categoría, exceptuando algún año bueno donde llegaron a clasificarse para la copa Korac. Pero nadie contaba con que terminaran la liga regular líderes con 16 victorias y 6 derrotas. Líderas de la Prva Liga (primera liga) por delante de Partizan, Bosna, Estrella Roja, Cibona. Conjuntos que inmediatamente empezaron una puja por hacerse con los servicios de los jugadores del modesto Sibenka Sibenik.
El principal elemento del equipo era un chaval de 18 años con pelo a lo afro que celebraba cada canasta como si fuera un gol, adorado por su público pero que ya empezaba a ser odiado por el respetable de los rivales, llamado Drazen Petrovic, que ya ejercía de líder indiscutible y principal aglutinador del juego del equipo. Su anotador, su alma, su todo. A su lado un grupo de jugadores jóvenes pero bastante mayores que él que le obedecían sin rechistar: Srecko Jaric, Pedrag Saric, Branko Makurac, dirigidos desde la banda por el montenegrino Vlado Djurovic, un entrenador-milagro que convertiría más equipos modestos en campeones.
Con la ventaja de campo en todo el play off, primero eliminarían en cuartos a la Jugoplastika de Split, y en semifinales al todopoderoso Estrella Roja de Belgrado. Las dos eliminatorias las pasaron por la mínima y de forma incierta, consecuencia de la extrema igualdad de la liga -en los setenta, nada menos que siete equipos distintos habían ganado al menos un título-. En la final le esperaba el entonces único equipo yugoslavo que había ganado la Copa de Europa: el Bosna de Sarajevo. Aunque mantenía el bloque que le hizo campeón, sobre todo el pívot de 2,08 Rarko Radovanovic y el alero anotador Zarko Varajic contaba con dos bajas importantes: El genial base Mirza Delibasic y Svetislav Pesic, que se retiró ese año como jugador para empezar su carrera de entrenador. El resto del bloque lo componían veteranos como Sabit Hadzic y Pedrag Benacek y jóvenes como Mario Primorac y Borislav Vucevic. En resumen, un equipo experimentado, con una dura y eficaz defensa que conducía a contraataques demoledores culminados por Varajic y Radovanocic.
Con el factor cancha a favor del Sibenka, ambos equipos consiguieron ganar en su propia pista. El tercer y definitivo encuentro se encontraba el marcador 81-82 a favor del Bosna a falta de cinco segundos de concluir. Drazen Petrovic -40 puntos- asumió la responsabilidad y a falta de dos segundos se levanta en suspensión a cinco metros de lador delante de Varajic. No encesta, pero todo el pabellón lo celebra: los árbitros pitan falta. Falta que no ha existido en opinión de Pesic, que se levanta del banquillo y como un rayo salta al centro de la pista a pedir explicaciones a los árbitros. Sólo consigue ser expulsado, a lo que sigue una monumental tangana donde varios espectadores saltan a la pista para linchar a Pesic, que se salva por piernas refugiándose en su vestuario. Finalmente, tras varias llamadas del Djurovic a la calma, el público vuelve a sus asientos y Drazen se dispone a lanzar sus dos tiros libres. Anota ambos y termina el partido. El Sibenka es campeón de liga.
Pero sólo lo fue por un día. Justo veinticuatro horas después la Federación Yugoslava de baloncesto decidión que Petrovic no había recibido ninguna falta y que había que repetir el encuentro en cancha neutral, concretamente en Novi Sad. Los de Sibenka, indignados por lo que consideraban -y lo era- el robo del siglo, no se presentaron. El Bosna Sarajevo se proclamó campeón de liga tras finalizar la rueda de calentamiento y Svetislav Pesic sumó su primer título como entrenador. No sería el último precisamente.
Así era la liga yugoslava de baloncesto. Intensa, polémica, visceral, pasional. Era un campeonato único en todo el mundo.
El principal elemento del equipo era un chaval de 18 años con pelo a lo afro que celebraba cada canasta como si fuera un gol, adorado por su público pero que ya empezaba a ser odiado por el respetable de los rivales, llamado Drazen Petrovic, que ya ejercía de líder indiscutible y principal aglutinador del juego del equipo. Su anotador, su alma, su todo. A su lado un grupo de jugadores jóvenes pero bastante mayores que él que le obedecían sin rechistar: Srecko Jaric, Pedrag Saric, Branko Makurac, dirigidos desde la banda por el montenegrino Vlado Djurovic, un entrenador-milagro que convertiría más equipos modestos en campeones.
Con la ventaja de campo en todo el play off, primero eliminarían en cuartos a la Jugoplastika de Split, y en semifinales al todopoderoso Estrella Roja de Belgrado. Las dos eliminatorias las pasaron por la mínima y de forma incierta, consecuencia de la extrema igualdad de la liga -en los setenta, nada menos que siete equipos distintos habían ganado al menos un título-. En la final le esperaba el entonces único equipo yugoslavo que había ganado la Copa de Europa: el Bosna de Sarajevo. Aunque mantenía el bloque que le hizo campeón, sobre todo el pívot de 2,08 Rarko Radovanovic y el alero anotador Zarko Varajic contaba con dos bajas importantes: El genial base Mirza Delibasic y Svetislav Pesic, que se retiró ese año como jugador para empezar su carrera de entrenador. El resto del bloque lo componían veteranos como Sabit Hadzic y Pedrag Benacek y jóvenes como Mario Primorac y Borislav Vucevic. En resumen, un equipo experimentado, con una dura y eficaz defensa que conducía a contraataques demoledores culminados por Varajic y Radovanocic.
Con el factor cancha a favor del Sibenka, ambos equipos consiguieron ganar en su propia pista. El tercer y definitivo encuentro se encontraba el marcador 81-82 a favor del Bosna a falta de cinco segundos de concluir. Drazen Petrovic -40 puntos- asumió la responsabilidad y a falta de dos segundos se levanta en suspensión a cinco metros de lador delante de Varajic. No encesta, pero todo el pabellón lo celebra: los árbitros pitan falta. Falta que no ha existido en opinión de Pesic, que se levanta del banquillo y como un rayo salta al centro de la pista a pedir explicaciones a los árbitros. Sólo consigue ser expulsado, a lo que sigue una monumental tangana donde varios espectadores saltan a la pista para linchar a Pesic, que se salva por piernas refugiándose en su vestuario. Finalmente, tras varias llamadas del Djurovic a la calma, el público vuelve a sus asientos y Drazen se dispone a lanzar sus dos tiros libres. Anota ambos y termina el partido. El Sibenka es campeón de liga.
Pero sólo lo fue por un día. Justo veinticuatro horas después la Federación Yugoslava de baloncesto decidión que Petrovic no había recibido ninguna falta y que había que repetir el encuentro en cancha neutral, concretamente en Novi Sad. Los de Sibenka, indignados por lo que consideraban -y lo era- el robo del siglo, no se presentaron. El Bosna Sarajevo se proclamó campeón de liga tras finalizar la rueda de calentamiento y Svetislav Pesic sumó su primer título como entrenador. No sería el último precisamente.
Así era la liga yugoslava de baloncesto. Intensa, polémica, visceral, pasional. Era un campeonato único en todo el mundo.
domingo, 1 de julio de 2012
20 años
La enfermera se encontró atónita al ver la cama vacía. No encontraba al paciente por ningún lado. Llamó a otra enfermera, y a otra, y a otra, para encontrarlo. Pero no aparecía. Así que informaron, que remedio, a su médico. Éste simplemente levantó el teléfono y envió una ambulancia a donde sabía con toda seguridad que estaba su paciente.
La ambulancia llegó al lugar donde el médico sabía con toda seguridad que estaba su paciente. Los enfermeros bajaron del vehículo y entraron en una sala llena de columnas. Se encontraron con una multitud ovacionando a un viejo que acababa de derrotar a Garry Kasparov, que se alejaba lentamente cabizbajo totalmente ignorado por los espectadores, en el torneo de ajedrez rápido de Moscú. Ninguno de los que aplaúdian, contemplaban al viejo admirado y le pedían autógrafos en el Club Central de Ajedrez de Moscú podían imaginar que Mikhail Tal, que así se llamaba el viejo, acaba de jugar su última partida de ajedrez y que en menos de un mes fallecería.
Mikhail Tal nació con un defecto físico. En su mano derecha tenía tres dedos en lugar de cinco, que utilizaba sobre todo para sostener su perenne cigarrillo. Cuando no fumaba esa mano era ocultada en un bolsillo o debajo de la mesa. Pese a tener dos dedos menos tocaba el piano con soltura y aprovechó esta habilidad para acercarse a la pianista Bella Davidovich y, según las malas lenguas, adornar la frente de su esposa con una cornamenta más.
Simpático, muy amigo de sus amigos, bromista, golfo, algo arrogante, mujeriego, fumador, bebedor, jugador -no sólo de ajedrez-, vividor, amante de la vida, de todo lo que le hacía daño. De salud muy endeble -de muy joven tuvieron que extirparle un riñón- y problemática, que con el tiempo le volvió adicto a la morfina. Dependiente. Ni siquiera se afeitaba él mismo. Nunco tuvo reloj -"¿un artefacto en mi muñeca haciendo tic tic como una bomba?"-, ni coche, ni siquiera una billetera. A lo largo de su vida perdió numerosos vuelos, pasaportes, documentos de todo tipo. Esas cuestiones no le importaban un pimiento. Para él lo primero era divertirse. Y beber vodka. Mucho vodka. Como dijo una vez Viktor Korchnoi, Mikhail Tal ahogó en vodka su talento.
¿Y cual era su talento?
Su talento era crear posiciones, citando a él mismo, donde dos y dos suman cinco. Era único creando complicaciones, entramados tácticos incontrolables. Posiciones locas donde dos caballos valen más que una dama. Eso que ahora se llama dinamismo. Entonces se llamaba, simplemente, Mikhail Tal.
Su ascenso fue tan meteórico que las reglas federativas tuvieron que adaptarse a él. Nadie se lo creía cuando ganó el campeonato de la URSS en 1956, con sólo 20 años. No había jugado todavía torneos internacionales, pero el nivel del campeonato de la URSS estaba a años luz de distancia de cualquier otro, así que deprisa y corriendo hubo que organizar una sesión extraordinaria para darle el título de Gran Maestro. No todos estaban de acuerdo. Todas sus víctimas tenían la partida ganada, pero la perdieron por "mala suerte". Todos mostraron, en los análisis posteriores, como ganaban las partidas. Pero ni uno sólo encontró las jugadas sobre el tablero.
Cuando al año siguiente volvió a ganar. Y volvería a ganar cuatro veces más, hasta seis. Y ganó el torneo de candidatos en 1959, lo que le daba derecho a jugar por el campeonato del mundo contra Mikhail Botwinnik. Este, un apóstol de la lógica, acaba perdiendo los nervios ante el irracional, en apariencia, juego de Tal. Y también pierde el título. Mikhail Tal es Campeón del Mundo.
Su preparador, el gran Alexander Koblenz, le advirtió que Botwinnik cambiaría su forma de jugar para adaptarse a la suya, y que en consecuencia debía prepararse para ello. Jamás, respondió Tal. En el match de revancha Botwinnik no da opción y recupera su corona. Fue el campeón del mundo más joven -hasta Kasparov- y el que menos tiempo retuvo la corona. Pero eso no le importaba tampoco. No era por eso por lo que jugaba.
Porque Mikhail Tal jugaba al ajedrez, simplemente, por el ajedrez. Era un fanático, pero no del tipo de Alekhine, estudioso, teórico, analista. Era un jugador compulsivo de ajedrez y sólo le interesaba jugar. Lo mismo le daba jugar un campeonato del mundo que contra unos aficionados en un parque. Y aunque no volvió a disputar un campeonato del mundo, siguió estando entre los mejores hasta su muerte.
Tigran Petrosian, el campeón del mundo que tomó el relevo a Botwinnik y con el que Tal mantuvo duras batallas no ocultaba su admiración.
"Un genio del ajedrez es alguien adelantado a su tiempo, pero esto sólo puede verse luego, mirando atrás. Desde este punto de vista, pocos pueden ser calificados de genios. Morphy, Steinitz... También Tal. El gran maestro de Riga introdujo en el ajedrez algo que no fue plenamente entendido por sus contemporáneos. Lamentablemente, hemos tenido demasiado pronto la oportunidad de mirar atrás con admiración, de contemplar el extraordinario juego de Tal en su plenitud."
Mikhail Nejemievich Tal murió hace ahora 20 años en ese mismo hospital de Moscú del que se escapaba para jugar al ajedrez.
La ambulancia llegó al lugar donde el médico sabía con toda seguridad que estaba su paciente. Los enfermeros bajaron del vehículo y entraron en una sala llena de columnas. Se encontraron con una multitud ovacionando a un viejo que acababa de derrotar a Garry Kasparov, que se alejaba lentamente cabizbajo totalmente ignorado por los espectadores, en el torneo de ajedrez rápido de Moscú. Ninguno de los que aplaúdian, contemplaban al viejo admirado y le pedían autógrafos en el Club Central de Ajedrez de Moscú podían imaginar que Mikhail Tal, que así se llamaba el viejo, acaba de jugar su última partida de ajedrez y que en menos de un mes fallecería.
Mikhail Tal nació con un defecto físico. En su mano derecha tenía tres dedos en lugar de cinco, que utilizaba sobre todo para sostener su perenne cigarrillo. Cuando no fumaba esa mano era ocultada en un bolsillo o debajo de la mesa. Pese a tener dos dedos menos tocaba el piano con soltura y aprovechó esta habilidad para acercarse a la pianista Bella Davidovich y, según las malas lenguas, adornar la frente de su esposa con una cornamenta más.
Simpático, muy amigo de sus amigos, bromista, golfo, algo arrogante, mujeriego, fumador, bebedor, jugador -no sólo de ajedrez-, vividor, amante de la vida, de todo lo que le hacía daño. De salud muy endeble -de muy joven tuvieron que extirparle un riñón- y problemática, que con el tiempo le volvió adicto a la morfina. Dependiente. Ni siquiera se afeitaba él mismo. Nunco tuvo reloj -"¿un artefacto en mi muñeca haciendo tic tic como una bomba?"-, ni coche, ni siquiera una billetera. A lo largo de su vida perdió numerosos vuelos, pasaportes, documentos de todo tipo. Esas cuestiones no le importaban un pimiento. Para él lo primero era divertirse. Y beber vodka. Mucho vodka. Como dijo una vez Viktor Korchnoi, Mikhail Tal ahogó en vodka su talento.
¿Y cual era su talento?
Su talento era crear posiciones, citando a él mismo, donde dos y dos suman cinco. Era único creando complicaciones, entramados tácticos incontrolables. Posiciones locas donde dos caballos valen más que una dama. Eso que ahora se llama dinamismo. Entonces se llamaba, simplemente, Mikhail Tal.
"Para algunos, la
brillantez ajedrecística es el triunfo de la lógica. Una partida
excelente, en su opinión, es una maravillosa construcción clásica de
proporciones impecables, en la que cada elemento, cada ladrillo,
permanece en su sitio. Aunque, a menudo, también yo me he visto obligado
a ganar partidas puramente posicionales, me siento más atraído por el
triunfo de lo ilógico, lo irracional y lo absurdo: una lucha feroz tiene
lugar en el tablero, sometida a alguna idea, una lucha por ejecutar los
planes respectivos, pero el desenlace se produce por un pequeño peón,
que no tiene nada que ver con el motivo principal del drama. Por
expresarlo en lenguaje matemático, en ajedrez prefiero el lado de un
triángulo rectángulo que resulta ser más largo que la hipotenusa."
Su ascenso fue tan meteórico que las reglas federativas tuvieron que adaptarse a él. Nadie se lo creía cuando ganó el campeonato de la URSS en 1956, con sólo 20 años. No había jugado todavía torneos internacionales, pero el nivel del campeonato de la URSS estaba a años luz de distancia de cualquier otro, así que deprisa y corriendo hubo que organizar una sesión extraordinaria para darle el título de Gran Maestro. No todos estaban de acuerdo. Todas sus víctimas tenían la partida ganada, pero la perdieron por "mala suerte". Todos mostraron, en los análisis posteriores, como ganaban las partidas. Pero ni uno sólo encontró las jugadas sobre el tablero.
Cuando al año siguiente volvió a ganar. Y volvería a ganar cuatro veces más, hasta seis. Y ganó el torneo de candidatos en 1959, lo que le daba derecho a jugar por el campeonato del mundo contra Mikhail Botwinnik. Este, un apóstol de la lógica, acaba perdiendo los nervios ante el irracional, en apariencia, juego de Tal. Y también pierde el título. Mikhail Tal es Campeón del Mundo.
Su preparador, el gran Alexander Koblenz, le advirtió que Botwinnik cambiaría su forma de jugar para adaptarse a la suya, y que en consecuencia debía prepararse para ello. Jamás, respondió Tal. En el match de revancha Botwinnik no da opción y recupera su corona. Fue el campeón del mundo más joven -hasta Kasparov- y el que menos tiempo retuvo la corona. Pero eso no le importaba tampoco. No era por eso por lo que jugaba.
Porque Mikhail Tal jugaba al ajedrez, simplemente, por el ajedrez. Era un fanático, pero no del tipo de Alekhine, estudioso, teórico, analista. Era un jugador compulsivo de ajedrez y sólo le interesaba jugar. Lo mismo le daba jugar un campeonato del mundo que contra unos aficionados en un parque. Y aunque no volvió a disputar un campeonato del mundo, siguió estando entre los mejores hasta su muerte.
Tigran Petrosian, el campeón del mundo que tomó el relevo a Botwinnik y con el que Tal mantuvo duras batallas no ocultaba su admiración.
"Un genio del ajedrez es alguien adelantado a su tiempo, pero esto sólo puede verse luego, mirando atrás. Desde este punto de vista, pocos pueden ser calificados de genios. Morphy, Steinitz... También Tal. El gran maestro de Riga introdujo en el ajedrez algo que no fue plenamente entendido por sus contemporáneos. Lamentablemente, hemos tenido demasiado pronto la oportunidad de mirar atrás con admiración, de contemplar el extraordinario juego de Tal en su plenitud."
Mikhail Nejemievich Tal murió hace ahora 20 años en ese mismo hospital de Moscú del que se escapaba para jugar al ajedrez.
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| La última partida de Tal |
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| El hipnotizador... |
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| Cuando no podía escaparse para jugar, el ajedrez venía a jugar con él. En este caso, Curaçao 1962, traído por el mismísimo Bobby Fischer (por cierto, 4-2 para Tal) |
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